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martes, 15 de marzo de 2011



LA HUMILDAD ES PUERTA POR DONDE DIOS ENTRA



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Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2011

Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado
Autor: S.S.- Benedicto XVI | Fuente: http://www.vatican.va/
«Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado» (cf. Col 2, 12)

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Crist o Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).

1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavado. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.

El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.

Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.

2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor -la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico-, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento de l renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.

El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.

El Evangelio de la Transfigurac ión del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.

La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.

El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, qu iere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».

Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dim ensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.

El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Crist o, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el
cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa -y no sólo de lo superfluo- aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).

En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.

En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16 , 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.

En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.

Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Ba utismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.

Vaticano, 4 de noviembre de 2010

BENEDICTUS PP. XVI
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HABLAR CON DIOS de Francisco Carvajal
Cuaresma. 1ª semana. Martes
LA AYUDA DE LOS ÁNGELES CUSTODIOS
— Existencia de los ángeles custodios. Devoción de los primeros cristianos.
— Ayudas que pueden prestarnos.
— Amistad y devoción a los ángeles custodios.

I. San Mateo termina la narración de las tentaciones de Nuestro Señor con este versículo: Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían1.

«Contemplemos un poco esta intervención de los ángeles en la vida de Jesús, porque así entenderemos mejor su papel –la misión angélica– en toda vida humana. La tradición cristiana describe a los Ángeles Custodios como a unos grandes amigos, puestos por Dios al lado de cada hombre, para que le acompañen en sus caminos. Y por eso nos invita a tratarlos, a acudir a ellos.

»La Iglesia, al hacernos meditar estos pasajes de la vida de Cristo, nos recuerda que, en el tiempo de Cuaresma, en el que nos reconocemos pecadores, llenos de miserias, necesitados de purificación, también cabe la alegría. Porque la Cuaresma es simultáneamente tiempo de fortaleza y de gozo: hemos de llenarnos de aliento ya que la gracia del Señor no nos faltará, porque Dios estará a nuestro lado y enviará a sus Ángeles, para que sean nuestros compañeros de viaje, nuestros prudentes consejeros a lo largo del camino, nuestros colaboradores en todas nuestras empresas»2.

«La Sagrada Escritura y la Tradición llaman propiamente ángeles a aquellos espíritus puros que en la prueba fundamental de libertad han elegido a Dios, su gloria y su reino»3. A ellos les está encomendada la tutela de los hombres. ¿Por ventura –se lee en la Epístola a los Hebreos– no son todos ellos unos espíritus que hacen el oficio de servidores o ministros en favor de aquellos que deben ser los herederos de la salud?4.

Es doctrina común que todos y cada uno de los hombres, bautizados o no, tienen su Ángel Custodio. Su misión comienza en el momento de la concepción del hombre y se prolonga hasta el momento de su muerte. San Juan Crisóstomo afirma que todos los ángeles custodios concurrirán al juicio universal para «dar testimonio ellos mismos del ministerio que ejercieron por orden de Dios para la salvación de cada hombre»5.

En los Hechos de los Apóstoles encontramos numerosos pasajes en que se manifiesta la intervención de estos santos ángeles, y también la confianza con que eran tratados por los primeros cristianos6.

Esta veneración y confianza en los ángeles por parte de nuestros primeros hermanos en la fe, se pone especialmente de relieve en la liberación de San Pedro de la cárcel: Un ángel del Señor se presentó en el calabozo de Pedro, que quedó iluminado; y golpeando a Pedro en el costado, le despertó diciendo: «Levántate pronto»; y se cayeron las cadenas de sus manos. El ángel añadió: «Cíñete y cálzate las sandalias». Hízolo así. Y agregó: «Envuélvete en tu manto y sígueme»7.

Y Pedro, libre ya, se encaminó a casa de María, madre de Marcos, donde muchos estaban congregados en oración.

Golpeó la puerta del vestíbulo y salió una sierva llamada Rode, que, luego que conoció la voz de Pedro, fuera de sí de alegría, sin abrir la puerta, corrió a anunciar que Pedro estaba en el vestíbulo. Ellos dijeron: «Estás loca». Insistía ella en que era así: y entonces dijeron: «será su ángel»8. Este relato nos muestra el gran cariño que sentían por Pedro y la naturalidad de la fe en los ángeles custodios que tenían los primeros fieles. «Mira con qué confianza trataban a sus Custodios los primeros cristianos.

»—¿Y tú?»9.

Nosotros hemos de tratarles también con naturalidad y confianza, y nos asombraremos muchas veces del auxilio que nos prestan, para vencer en las luchas contra el maligno. «Estamos bien ayudados por los ángeles buenos, mensajeros del amor de Dios, a los cuales, enseñados por la tradición de la Iglesia, dirigimos nuestra oración: “Ángel de Dios, que eres mi custodio, ilumíname, custódiame, rígeme y gobiérname, ya que he sido confiado a tu piedad celeste. Amén”»10.

II. «... Y los ángeles vinieron y le servían». Los ángeles custodios tienen la misión de ayudar a cada hombre a alcanzar su fin sobrenatural. Yo mandaré a un ángel delante de ti -dice el Señor a Moisés- para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto11. Y el Catecismo Romano comenta: «Porque así como los padres, cuando los hijos precisan viajar por caminos malos y peligrosos, hacen que les acompañen personas que les cuiden y defiendan de los peligros, de igual manera nuestro celestial Padre, en este viaje que emprendemos para la celeste Patria, a cada uno de nosotros nos da ángeles para que, fortificados con su poder y auxilio, nos libremos de los lazos furtivamente preparados por nuestros enemigos y rechacemos las terribles acometidas que nos hacen; y para que con tales guías sigamos por el camino recto, sin que ningún error interpuesto por el enemigo sea capaz de separarnos del camino que conduce al cielo»12.

Misión de los ángeles custodios, por tanto, es auxiliar al hombre contra todas las tentaciones y peligros, y traer a su corazón buenas inspiraciones. Son nuestros intercesores, nuestros custodios, y nos prestan su ayuda cuando los invocamos. «Los Santos interceden por los hombres, mientras los Ángeles Custodios no solo ruegan por los hombres, sino que actúan alrededor de ellos. Si por parte de los bienaventurados se da una intercesión, por parte de los ángeles hay una intercesión y una intervención directa: son al mismo tiempo abogados de los hombres cerca de Dios y ministros de Dios cerca de los hombres»13.

El Ángel Custodio nos puede prestar también ayudas materiales, si son convenientes para nuestro fin sobrenatural o para el de los demás. No tengamos reparos en pedirle su favor en las pequeñas cosas materiales que necesitamos cada día: encontrar aparcamiento para el coche, no perder el autobús, ayuda en un examen que hemos estudiado, etc. Especialmente pueden colaborar con nosotros en el apostolado, en la lucha contra las tentaciones y contra el demonio, y en la oración. «Los ángeles, además de llevar a Dios nuestras noticias, traen los auxilios de Dios a nuestras almas y las apacientan como buenos pastores, con comunicaciones dulces e inspiraciones divinas. Los ángeles nos defienden de los lobos, que son los demonios, y nos amparan»14.

Al Ángel Custodio hemos de tratarle como a un entrañable amigo. Él está siempre en vela, constantemente dispuesto a prestarnos su concurso, si se lo pedimos. Es una gran pena cuando, por olvido, por tibieza o por ignorancia, no nos sentimos acompañados por tan fiel compañero, o no le pedimos ayuda en tantas ocasiones en que la necesitamos. Nunca estamos solos en la tentación o en la dificultad, nuestro Ángel nos asiste; estará a nuestro lado hasta el mismo momento en que abandonemos este mundo.

Al final de la vida, el Ángel Custodio nos acompañará ante el tribunal de Dios, como manifiesta la liturgia de la Iglesia en las oraciones para la recomendación del alma en el momento de la muerte.

III. «Ten confianza con tu Ángel Custodio. —Trátalo como un entrañable amigo –lo es– y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios de cada día»15.

Para que el Ángel Custodio nos preste su ayuda es necesario darle a conocer, de alguna manera, nuestras intenciones y nuestros deseos. A pesar de la gran perfección de su naturaleza, los ángeles no tienen el poder de Dios ni su sabiduría infinita, de modo que no pueden leer el interior de las conciencias. Basta con que le hablemos mentalmente para que nos entienda, e incluso para que llegue a deducir de nuestro interior más de lo que nosotros mismos somos capaces de expresar. Por eso es tan importante tener un trato de amistad con el Ángel de la Guarda.

Además de nuestra amistad, al Ángel Custodio le debemos veneración, como a quien está siempre en la presencia de Dios, contemplándole cara a cara, y, a la vez, junto a nosotros.

La devoción a nuestro Ángel Custodio será una eficaz ayuda en nuestras relaciones con Dios en el trabajo, en el trato con las personas que nos rodean, en los pequeños y en los grandes conflictos que se pueden presentar a lo largo de nuestros días. En este tiempo de Cuaresma podemos tener especialmente presente, y nos debe conmover, la escena en el Huerto de Getsemaní, en que la Humanidad Santísima del Señor es confortada por un Ángel del Cielo.

«Hay que saber tratar a los Ángeles. Acudir a ellos ahora, decir a tu Ángel Custodio que estas aguas sobrenaturales de la Cuaresma no han resbalado sobre tu alma, sino que han penetrado hasta lo hondo, porque tienes el corazón contrito. Pídeles que lleven al Señor esa buena voluntad, que la gracia ha hecho germinar de nuestra miseria, como un lirio nacido en el estercolero. Sancti Angeli, Custodes nostri: defendite nos in proelio, ut non pereamus in tremendo iudicio. Santos Ángeles Custodios: defendednos en la batalla, para que no perezcamos en el tremendo juicio»16. A la Virgen, Regina Angelorum, le rogamos que nos enseñe a tratar a los Ángeles, particularmente en esta Cuaresma.

1 Mt 4, 11. — 2 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 63 — 3 Juan Pablo II, Audiencia general, 6-VIII-1986. — 4 Heb 1, 14. — 5 San Juan Crisóstomo, en Catena Aurea, vol. III, p. 238. — 6 Cfr. Hech 5, 19-20; 8, 26; 10, 3-6. — 7 Hech 12, 7-11. — 8 Hech 12, 13-17. — 9 Cfr. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 570. — 10 Juan Pablo II, Audiencia general, 20-VIII-1986. — 11 Ex 23, 20. — 12 Catecismo Romano, p. 4, cap. IX, n. 4. — 13 G. Huber, Mi ángel marchará delante de ti, Ed. Palabra, Madrid 1980, 6ª ed., p. 43. — 14 San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 2, 3. — 15 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 562. — 16 ídem, Es Cristo que pasa, 63.

lunes, 14 de marzo de 2011

Browse: Home / Arzobispo / Mons. Francisco Pérez / Cartas Pastorales / Sentido de la mortificación y la penitencia
Sentido de la mortificación y la penitencia
By admin on 9 de marzo de 2011

PREGUNTA: Ante una sociedad que da pasos muy rápidos y ante posturas solidarias que están presentes en muchas instituciones o grupos ¿cree usted que sigue teniendo sentido el ayuno, la mortificación y la penitencia como nos inculca la Iglesia?

RESPUESTA: La conversión del corazón es tarea de todas las épocas y de todos los tiempos y, por eso, hoy también se requiere actuar en consonancia con los retos de nuestro tiempo que nos pide a los cristianos nuevos métodos y nuevas expresiones para seguir caminando en el seguimiento de Jesucristo, sin complejos y sin cobardías. Y todo en asociación o asociado con los sufrimientos y padecimientos de Jesucristo que es lo específico de toda penitencia, mortificación y ayuno.
La ejercitación, como el atleta que se entrega a cuidar su cuerpo para conseguir el fin que es la victoria, es un símil que ayuda a comprender lo que es la mortificación en la vida cristiana. Tanto el atleta como el creyente han de llevar una vida de austeridad para que los músculos, en uno, le ayuden a apostar con buen resultado en su carrera y ascesis, en el otro, le ayuden a vivificar su experiencia de hondo calado espiritual.
Los actos externos de penitencia y mortificación son una ayuda y un signo de la conversión interior del espíritu. La virtud de la penitencia -decía Pablo VI- se ejercita por el cumplimiento de los deberes del propio estado, por la aceptación de las dificultades que acompañan al ejercicio de la profesión y la convivencia humana, así como por la aceptación paciente de los sufrimientos inherentes a la vida humana.
Todo acto de penitencia, ayuno o mortificación ha de tener dos motivaciones fundamentales: hacerlo por verdadero amor de Dios y aplicar la solidaridad fraterna con los más necesitados. La Iglesia nos invita encarecidamente y obliga, en este tiempo de Cuaresma, a vivir la abstinencia y el ayuno en momentos concretos como es el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo; los viernes cuaresmales se ha de guardar la abstinencia. Es importante vivirlo con las motivaciones antes expuestas para que nazcan de un corazón convertido a Dios y lleno de caridad hacia los hermanos que están a nuestro lado y de modo especial a los más necesitados.
A veces se ha perdido este sentido del tiempo cuaresmal por las circunstancias que nos rodean que son materialistas y hedonistas. Ahí se demostrará si somos o no verdaderos cristianos. No lo tenemos fácil a la hora de poder testificar el don de la fe que nos lleva a obrar en consecuencia, pero es nuestro reto más genuino. El cristiano o se plantea la vida como discípulo de Jesucristo o su experiencia se convierte en una falacia, en una mentira existencial.

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Sentido de la mortificación y la penitencia

Sentido de la mortificación y la penitencia

Escuela del silencio - Apareció la ternura - Espiritualidad - Orden de Predicadores

Escuela del silencio - Apareció la ternura - Espiritualidad - Orden de Predicadores
Meditaciones para Cuaresma por Fray Luis de Granada Jesús se prepara para la predicación
Jesús se prepara para la predicación con la oración y el ayuno
Después del sacro misterio del la predicación con la bautismo y del magnífico testimonio del cielo, es llevado Jesús por el Espíritu Santo al desierto, para que allí sea tentado del enemigo. ¿Qué consecuencia tienen entre sí estos misterios? ¿Cómo dicen en uno los trabajos y soledad del desierto con los pregones del ciclo, y las tentaciones del enemigo con los favores del Espíritu Santo? Primeramente, por aquí entenderemos que el regalar Dios a sus siervos no es para asegurarlos, sino para esforzarlos y disponerlos a mayores trabajos.

Así cura y da de comer el caminante a su caballo para esforzarlo en el camino, y así arma y favorece el capitán a sus soldados para ponerles en el mayor peligro. Y por esto, el que así se viere visitado de Dios, no por esto se tenga por más seguro, sino antes por citado y emplazado para el mayor peligro.

Donde también es de considerar cómo antes que el Salvador diese principio a la predicación del Evangelio, se aparejó con ayuno de cuarenta días y con la soledad ejercicio del desierto, para que tú entiendas por aquí cuán grande sea la misión de la salud de las almas, pues aquel Señor, que era sumamente perfecto, sin tener de eso alguna necesidad, se dispuso para él con tan grandes aparejos.

Y por aquí también entenderán los oficiales de este oficio en qué género de ejercicios se han de ejercitar antes que comience esta misión. Porque ninguno debe salir a lo público de la predicación si primero no se hubiese ejercitado en el secreto de la contemplación; pues, como dice San Gregorio, ninguno sale seguro fuera, si primero no está ejercitado de dentro.

Para lo cual es de saber que tres maneras de vidas virtuosas señalan los santos: una puramente activa, que principalmente entiende en obras de misericordia, y otra puramente contemplativa, más perfecta que ésta, que se ocupa en ejercicios de oración y contemplación, si no es cuando la obediencia o la necesidad de la caridad pide otra cosa. Otra hay más perfecta que éta, compuesta de ambas, que tiene lo uno y lo otro, cual fue la vida de los Apóstoles y cual debiera de ser la de todos los predicadores y perfectos.

Pues la orden que se ha de tener en esta vida, según San Buenaventura, es que regularmente hablando, ninguno debe pasar a la segunda sino después de ejercitado en la primera, ni menos a la tercera si no se ha ejercitado en la segunda. Porque, como dice San Gregorio, los verdaderos predicadores han de recoger en la oración lo que derraman en la predicación. De suerte que la principal maestra de los verdaderos predicadores, después de las ciencias para esto necesarias, ha de ser la soledad, donde Dios habla al corazón palabras que salgan del corazón y revela los secretos de su sabiduría a los verdaderos humildes.

Amemos, pues, la soledad, la cual el Señor santificó con su ejemplo; porque el que no conversa con los hombres, forzado es que converse con Dios.

¡Oh miseria del siglo presente! ¿Dónde están ahora aquellos dichosos tiempos? ¿Dónde los desiertos de Egipto, de Tebas, de Escitia y de Palestina, llenos de monasterios y de solitarios? ¿Dónde está aquel desierto de que dijeron los profetas: Hará el Señor que el desierto esté lleno de deleites y que la soledad sea como un vergel de Dios? ¿Dónde están aquellas flores siempre verdes, aunque plantadas en tierras desiertas y sin agua?

Ya los hombres desampararon los desiertos y se entregaron a la vida llena de cuidados. Por donde si, por estar ya cubierto de hierba ese camino, no tienes aparejo para ir al desierto, a lo menos haz dentro de ti un espiritual desierto, recogiendo tus sentidos y entrando dentro de ti mismo, porque por aquí entrarás a Dios. En el desierto vió Moisés la gloria de Dios, y en este espiritual desierto se da Dios a conocer y a gustar a sus amigos.

Fr. Luis de Granada

•Comentario
Conducido por el Espíritu, Jesús es empujado al desierto donde estuvo cuarenta días ayunando, haciendo oración, y fue tentado. Como lo había sido en la tradición veterotestamentaria, el desierto no sólo hace relación a un espacio físico, sino también a un ámbito teológico. En este sentido, el desierto es el lugar donde el hombre puede encontrarse con Dios, y ser probado por él. Así se constata en la experiencia de Jesús en el desierto. Allí, él siempre estuvo acompañado por el Espíritu que no lo abandonó nunca, y fue probado y salido vencedor de esa especie de puja entre él y el adversario. Jesús, se mantuvo fiel a su destino o misión y no claudicó a este por ningún tipo de poder. Por eso, frente a la tentación de arrogarse fama y prestigio, convirtiendo así sus milagros en una especie de medio propagandístico que mostrarían a un mesías no a la conveniencia del Padre, optó por mantenerse fiel a ese Dios que propone la pobreza, la humildad y aspereza de vida como camino que favorece el encuentro con él, y, por tanto, del logro de la felicidad. Desde esta perspectiva, la experiencia del desierto, concretiza singularmente lo que, en definitiva, contiene la significación del nombre Jesús, que es el de ser salvador.

El paso de Jesús por el desierto tiene para Granada su importancia. Este valor lo comprende o deriva desde la perspectiva de la misión que Jesús habla de realizar. Así, si éste es conducido al desierto y allí es tentado, es para que se sepa que Dios cuando hace regalos a sus siervos -Jesús posee el Espíritu como don por excelencia- no es para asegurarlos, sino para esforzarlos y disponerlos a mayores trabajos. A este propósito se suma cómo el Señor hubo de preparase con el ayuno. la soledad y diversos ejercicios antes de comenzar a predicar el evangelio. Y cómo, a la vez, ha de comprenderse lo importante que es el proyecto de la salvación, pues él mismo, que era perfecto y no tenia necesidad de pasar cuarenta días en el desierto, se dispuso para la realización de tal proyecto de múltiples aparejos (Obras, V/197).
En el sermón tercero correspondiente al domingo primero de cuaresma en cl que se comenta: "Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el Diablo" (MI 4, 1), fray Luis incluye este momento de la vida de Jesús, en su estancia en el desierto, como una de las obras que realiza en favor de los hombres, y, por lo mismo, cómo con ocasión de esta experiencia muestra ser el salvador y agente de la vida verdadera. De este modo. Jesús es considerado como el "árbol de la vida". A este respecto, y refiriéndose a Cristo, Granada dice lo siguiente:

"[...] no sólo toda su vida y muerte fueron causa de nuestra salvación, sino que todas sus acciones obraron esto mismo. Porque en todas sus obras mostró lo que debíamos hacer a imitación suya para salvarnos. Y además, con esas mismas obras nos mereció la gracia, con la cual pudiéramos hacerlo. Una de estas cosas pertenece a la denominada causa ejemplar, y, la otra, a la causa eficiente. De uno y otro modo Cristo Señor fue el autor de nuestra salvación y se dedicó todo a nuestro provecho. Por eso, se le llama con razón el árbol de la vida [...]"

Nicasio Martín Ramos, "Cristo, sacramento de Dios en Fray Luis de Granada", Salamanca 2005.
•Jesús se prepara para la predicación

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