domingo, 6 de julio de 2008

«Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré» «Grande es el Señor, merece toda alabanza, es incalculable su grandeza» (Sl 144,3). «Nuestro Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida» (Sl 146,5) y, sin embargo, el hombre quiere alabarte, el hombre que no es más que una pequeña porción de tu creación, el hombre que lleva consigo y por todas partes su mortalidad, que lleva con él el testimonio de su pecado y que reconoce que «te opones a los orgullosos» (St 4,6). Pero el hombre, porción insignificante de tu creación, quiere alabarte. Eres tú mismo quien le empuja a buscar su gozo en tu alabanza, porque tú nos has hecho para ti, y nuestro corazón no descansa hasta que encuentra su descanso en ti... «Alabarán al Señor los que lo buscan» (Sl 21,27). Los que lo busquen lo encontrarán, los que lo encuentren lo alabarán. ¡Que te busque, pues, Señor, invocándote, y que te invoque, creyendo en ti! Porque tú te nos has revelado por la predicación. Te invoca, Señor, esta fe que me has dado, esta fe que me has inspirado a través de la humanidad de tu Hijo por el ministerio de tu predicador. Y ¿cómo invocaré yo a mi Dios, mi Dios y mi Señor? Cuando le invocaré, le llamaré para que venga a mí. Pero ¿es que hay en mí un lugar donde mi Dios pueda venir, ese Dios que ha hecho el cielo y la tierra» (Gn 1,1)? Así, pues, mi Dios y Señor, ¿es que hay en mí alguna cosa que pueda contenerte? ¿Es que el cielo y la tierra que tú has creado, y en los cuales me has creado a mí, te pueden contener?... Puesto que yo mismo existo ¿puedo pedirte que vengas a mí, a mí que no existiría si tú no existieras en mí?... ¿Quién me concederá poder descansar en ti? ¿Quién me concederá que vengas a mi corazón, que lo embriagues para que yo olvide mis males y pueda estrecharte, a ti mi único bien? ¿Quién eres tú para mí? Ten compasión de mí para que pueda hablar. ¿Quién soy a tus ojos para que me mandes amarte?... En tu misericordia, Señor Dios mío, dime lo que tú eres para mí. «Di a mi alma: Tú eres mi salvación» (Sl 34,3). Díselo; que yo lo oiga. Mira que el oído de mi corazón está a la escucha, delante de ti, Señor, haz que te oiga, y «di a mi alma: Yo soy tu salvación». Correré hacia esta palabra y al fin te agarraré.

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