Cuaresma. 1ª semana. Lunes
EXISTENCIA Y ACTUACIÓN DEL DIABLO
— El diablo existe y actúa en las personas y en la sociedad. Su actividad es misteriosa, pero real y eficaz.
— Quién es el demonio. Su poder es limitado. Necesidad de la ayuda divina para vencer.
— Jesucristo es el vencedor del demonio. Confianza en Él. Medios que hemos de utilizar. El agua bendita.
I. De nuevo lo llevó el demonio a un monte muy alto... Entonces le respondió Jesús: Apártate, Satanás..., leíamos en el Evangelio de la Misa de ayer1.
El diablo existe. La Sagrada Escritura habla de él desde el primero hasta el último libro revelado, desde el Génesis al Apocalipsis. En la parábola de la cizaña, el Señor afirma que la mala simiente, cuyo cometido es sofocar el trigo, fue arrojada por el enemigo2. En la parábola del sembrador, viene el Maligno y arrebata lo que se había sembrado3.
Algunos, inclinados a un superficial optimismo, piensan que el mal es meramente una imperfección incidental en un mundo en continua evolución hacia días mejores. Sin embargo, la historia del hombre ha padecido la influencia del diablo. Hay rasgos presentes en nuestros días de una intensa malicia, que no se explican por la sola actuación humana. El demonio, en formas muy diversas, causa estragos en la Humanidad. Sin duda, «a través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final»4. De tal manera que el demonio «provoca numerosos daños de naturaleza espiritual e, indirectamente, de naturaleza incluso física en los individuos y en la sociedad»5.
La actuación del demonio es misteriosa, real y eficaz. Desde los primeros siglos, los cristianos tuvieron conciencia de esa actividad diabólica. San Pedro advertía a los primeros cristianos: sed sobrios y estad en vela, porque vuestro enemigo el diablo anda girando alrededor de vosotros como león rugiente, en busca de presa que devorar. Resistidle firmes en la fe6.
Con Jesucristo ha quedado mermado el dominio del diablo, pues Él «nos ha liberado del poder de Satanás»7. Por razón de la obra redentora de Cristo, el demonio solo puede causar verdadero daño a quienes libremente le permitan hacérselo, consintiendo en el mal y alejándose de Dios.
El Señor se manifiesta en numerosos pasajes del Evangelio como vencedor del demonio, librando a muchos de la posesión diabólica. En Jesús está puesta nuestra confianza, y Él no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas8. El demonio tratará de «seducir y apartar el espíritu humano para que viole los preceptos de Dios, oscureciendo poco a poco el corazón de aquellos que tratan de servirle, con el propósito de que olviden al verdadero Dios, sirviéndole a él como si fuera el verdadero Dios»9. Y esto, siempre. De mil modos diferentes. Pero el Señor nos ha dado los medios para vencer en todas las tentaciones: nadie peca por necesidad. Consideremos, con hondura, en esta Cuaresma lo que esto significa.
Además, para librarnos del influjo diabólico, también ha dispuesto Dios un ángel que nos ayude y proteja. «Acude a tu Custodio, a la hora de la prueba, y te amparará contra el demonio y te traerá santas inspiraciones»10.
II. El demonio es un ser personal, real y concreto, de naturaleza espiritual e invisible, y que por su pecado se apartó de Dios para siempre, «porque el diablo y los otros demonios fueron creados por Dios naturalmente buenos; pero ellos, por sí mismos se hicieron malos»11. Es el padre de la mentira12, del pecado, de la discordia, de la desgracia, del odio, de lo absurdo y malo que hay en la tierra13. Es la serpiente astuta y envidiosa que trae la muerte al mundo14, el enemigo que siembra el mal en el corazón del hombre15, y al único que hemos de temer si no estamos cerca de Dios. Su único fin en el mundo, al que no ha renunciado, es nuestra perdición. Y cada día intentará llevar a cabo ese fin a través de todos los medios a su alcance. «Todo empezó con el rechazo de Dios y su reino, usurpando sus derechos soberanos y tratando de trastocar la economía de la salvación y el ordenamiento mismo de toda la creación. Un reflejo de esta actitud se encuentra en las palabras del tentador a nuestros primeros padres: Seréis como dioses. Así el espíritu maligno trata de trasplantar en el hombre la actitud de rivalidad, de insubordinación a Dios y de oposición a Dios que ha venido a convertirse en la motivación de toda su existencia»16.
El demonio es el primer causante del mal y de los desconciertos y rupturas que se producen en las familias y en la sociedad. «Suponed, por ejemplo –dice el Cardenal Newman–, que sobre las calles de una populosa ciudad cayera de repente la oscuridad; podéis imaginar, sin que yo os lo cuente, el ruido y el clamor que se produciría. Transeúntes, carruajes, coches, caballos, todos se hallarían mezclados. Así es el estado del mundo. El espíritu maligno que actúa sobre los hijos de la incredulidad, el dios de este mundo, como dice San Pablo, ha cegado los ojos de los que no creen, y he aquí que se hallan forzados a reñir y discutir porque han perdido su camino; y disputan unos con otros, diciendo uno esto y otro aquello, porque no ven»17.
En sus tentaciones, el demonio utiliza el engaño, ya que solo puede presentar bienes falsos y una felicidad ficticia, que se torna siempre soledad y amargura. Fuera de Dios no existen, no pueden existir, ni el bien ni la felicidad verdaderos. Fuera de Dios solo hay oscuridad, vacío y la mayor de las tristezas. Pero el poder del demonio es limitado, y también él está bajo el dominio y la soberanía de Dios, que es el único Señor del universo.
El demonio –tampoco el ángel– no llega a penetrar en nuestra intimidad si nosotros no queremos. «Los espíritus inmundos no pueden conocer la naturaleza de nuestros pensamientos. Únicamente les es dado columbrarlos merced a indicios sensibles, o bien examinando nuestras disposiciones, nuestras palabras o las cosas hacia las cuales advierten una propensión por nuestra parte. En cambio, lo que no hemos exteriorizado y permanece oculto en nuestras almas, les es totalmente inaccesible. Incluso los mismos pensamientos que ellos nos sugieren, la acogida que les damos, la reacción que causan en nosotros, todo esto no lo conocen por la misma esencia del alma (...) sino, en todo caso, por los movimientos y manifestaciones externas»18.
El demonio no puede violentar nuestra libertad para inclinarla hacia el mal. «Es un hecho cierto que el demonio no puede seducir a nadie, si no es aquel que libremente le presta el consentimiento de su voluntad»19.
El santo Cura de Ars dice que «el demonio es un gran perro encadenado, que acosa, que mete mucho ruido, pero que solamente muerde a quienes se le acercan demasiado»20. Con todo, «ningún poder humano puede compararse con el suyo, y solo el poder divino lo puede vencer y tan solo la luz divina puede desenmascarar sus artimañas.
»El alma que venza la potencia del demonio no lo podrá conseguir sin oración ni podrá entender sus engaños sin mortificación y sin humildad»21.
III. La vida de Jesús quedó resumida en los Hechos de los Apóstoles con estas palabras: Pasó haciendo el bien y librando a todos los oprimidos del demonio22. Y San Juan, tratando del motivo de la Encarnación, explica: Para esto vino el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo23.
Cristo es el verdadero vencedor del demonio: ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera24, dirá Jesús en la Última Cena, pocas hora antes de la Pasión. Dios «dispuso entrar en la historia humana de modo nuevo y definitivo, enviando a su Hijo en carne nuestra, a fin de arrancar por Él a los hombres del poder de las tinieblas y de Satanás»25.
El demonio, no obstante, continúa detentando cierto poder sobre el mundo en la medida en que los hombres rechazan los frutos de la redención. Tiene dominio sobre aquellos que, de una forma u otra, se entregan voluntariamente a él, prefiriendo el reino de las tinieblas al reino de la gracia26. Por eso no debe extrañarnos el ver, en tantas ocasiones, triunfar aquí el mal y quedar lesionada la justicia.
Nos debe dar gran confianza saber que el Señor nos ha dejado muchos medios para vencer y para vivir en el mundo con la paz y la alegría de un buen cristiano. Entre esos medios están: la oración, la mortificación, la frecuente recepción de la Sagrada Eucaristía y la Confesión, y el amor a la Virgen. Con Nuestra Señora estamos siempre seguros. El uso del agua bendita es también eficaz protección contra el influjo del diablo: «Me dices que por qué te recomiendo siempre, con tanto empeño, el uso diario del agua bendita. —Muchas razones te podría dar. Te bastará, de seguro, esta de la Santa de Ávila: “De ninguna cosa huyen más los demonios, para no tornar, que del agua bendita”»27.
Juan Pablo II nos exhorta a rezar dándonos más cuenta de lo que decimos en la última petición del Padrenuestro: «no nos dejes caer en la tentación, líbranos del Mal, del Maligno. Haz, oh Señor, que no cedamos ante la infidelidad a la cual nos seduce aquel que ha sido infiel desde el comienzo»28. Nuestro esfuerzo en estos días de Cuaresma por mejorar la fidelidad a aquello que sabemos que Dios nos pide, es la mejor manifestación de que frente al Non serviam del demonio, queremos poner nuestro personal Serviam: Te serviré, Señor.
1 Cfr. Mt 4, 8-11. — 2 Mt 13, 25. — 3 Mt 13, 19. — 4 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 37. — 5 Juan Pablo II, Audiencia general, 20-VIII-1986. — 6 1 Pdr 5, 8. — 7 Conc. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 6. — 8 Cfr. 1 Cor 10, 13. — 9 San Ireneo, Tratado contra las herejías, 5. — 10 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 567. — 11 Conc. Lateranense IV, 1215 DZ. 800 (428). — 12 Jn 8, 44. — 13 Cfr. Heb 2, 14. — 14 Cfr. Sab 2, 24. — 15 Cfr. Mt 13, 28-39. — 16 Juan Pablo II, Audiencia general, 13-VIII-1986. — 17 Card. J. H. Newman, Sermón para el Domingo II de Cuaresma. Mundo y pecado. — 18 Casiano, Colaciones, 7 — 19 Ibídem. — 20 Santo Cura de Ars, Sermón sobre las tentaciones. — 21 San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 3, 9. — 22 Hech, 10, 39. — 23 1 Jn 3, 8. — 24 Jn 12, 31. — 25 Conc. Vat. II, Decr. Ad gentes, 3. — 26 Cfr. Juan Pablo II, loc. cit. — 27 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 572. — 28 Juan Pablo II, loc. cit.
† Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo nos ha autorizado a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución.
lunes, 14 de marzo de 2011
sábado, 12 de marzo de 2011
Paraules de Vida 13-03-11
Assolir la renovació personal i comunitària que tantes vegades desitgem, requereix del nostre esforç per disposar-nos per escoltar de nou la Paraula de Déu, puix aquí està la font que satisfà el nostre desig de renovació, que il·lumina la nostra vida, que ens porta a passar dels nostres interessos als de Crist, és a dir, a l'amor a Déu i als altres.
La Quaresma és temps de renovació. Ens condueix a la Pasqua, en la qual tota l'Església actualitza el pas de la mort a la vida, el nou naixement mitjançant la participació en la mort i resurrecció de Crist. La Quaresma és un camí joiós perquè ens duu a la renovació de les arrels que alimenten la nostra vida: “Pel baptisme heu estat sepultats amb Crist, i amb ell també heu ressuscitat, ja que heu cregut en l'acció poderosa de Déu que el va ressuscitar d'entre els morts” (cf.Col 2,12). La Quaresma ens disposa a la celebració de la Pasqua; promou la conversió a l'Evangeli; revifa la nostra identitat baptismal; crida a la celebració del perdó que solament Déu pot oferir; disposa a una participació viva i conseqüent de l'Eucaristia.
En aquest camí som cridats a ser deixebles oïdors de la Paraula del Senyor. Durant aquests diumenges de Quaresma ens acompanyaran les lectures que ens permetran aprofundir en l'estil de vida cristià, el qual no és possible sense l'amor a Crist i tot allò que Ell ens ha portat. Comencem escoltant, el primer diumenge, l'Evangeli de les temptacions. Jesús apareix davant els nostres ulls vencedor de satanàs, pare de la mentida; ens crida a mantenir el combat contra el mal i a fonamentar la nostra vida en Déu, font de tot amor. El segon diumenge de Quaresma escoltem l'evangeli de la Transfiguració del Senyor. Contemplem la imatge de Crist elevat a la glòria, en el moment en què va a iniciar la seva passió, que el durà a la mort en la Creu. És la memòria del nostre futur: la mort serà vençuda.
Els diumenges següents escoltem l'evangeli de Sant Joan, que ens presenta a la samaritana com a imatge de l'aigua viva i de l'Esperit que renova la nostra vida. El diumenge següent llegim la narració de la curació del cec de naixement. Un text que ens mostra les conseqüències del nostre Baptisme, que ens ha fet fills de la llum per viure com a fills de Déu i germans dels homes. Finalment, l'últim diumenge de Quaresma escoltem l'evangeli de la resurrecció de Llàtzer. És l'anunci de la gran novetat de la resurrecció de Crist i la promesa de la nostra.
La Quaresma serà temps de renovació si escoltem de nou la Paraula del Senyor.
† Javier Salinas Viñals
Bisbe de Tortosa
Assolir la renovació personal i comunitària que tantes vegades desitgem, requereix del nostre esforç per disposar-nos per escoltar de nou la Paraula de Déu, puix aquí està la font que satisfà el nostre desig de renovació, que il·lumina la nostra vida, que ens porta a passar dels nostres interessos als de Crist, és a dir, a l'amor a Déu i als altres.
La Quaresma és temps de renovació. Ens condueix a la Pasqua, en la qual tota l'Església actualitza el pas de la mort a la vida, el nou naixement mitjançant la participació en la mort i resurrecció de Crist. La Quaresma és un camí joiós perquè ens duu a la renovació de les arrels que alimenten la nostra vida: “Pel baptisme heu estat sepultats amb Crist, i amb ell també heu ressuscitat, ja que heu cregut en l'acció poderosa de Déu que el va ressuscitar d'entre els morts” (cf.Col 2,12). La Quaresma ens disposa a la celebració de la Pasqua; promou la conversió a l'Evangeli; revifa la nostra identitat baptismal; crida a la celebració del perdó que solament Déu pot oferir; disposa a una participació viva i conseqüent de l'Eucaristia.
En aquest camí som cridats a ser deixebles oïdors de la Paraula del Senyor. Durant aquests diumenges de Quaresma ens acompanyaran les lectures que ens permetran aprofundir en l'estil de vida cristià, el qual no és possible sense l'amor a Crist i tot allò que Ell ens ha portat. Comencem escoltant, el primer diumenge, l'Evangeli de les temptacions. Jesús apareix davant els nostres ulls vencedor de satanàs, pare de la mentida; ens crida a mantenir el combat contra el mal i a fonamentar la nostra vida en Déu, font de tot amor. El segon diumenge de Quaresma escoltem l'evangeli de la Transfiguració del Senyor. Contemplem la imatge de Crist elevat a la glòria, en el moment en què va a iniciar la seva passió, que el durà a la mort en la Creu. És la memòria del nostre futur: la mort serà vençuda.
Els diumenges següents escoltem l'evangeli de Sant Joan, que ens presenta a la samaritana com a imatge de l'aigua viva i de l'Esperit que renova la nostra vida. El diumenge següent llegim la narració de la curació del cec de naixement. Un text que ens mostra les conseqüències del nostre Baptisme, que ens ha fet fills de la llum per viure com a fills de Déu i germans dels homes. Finalment, l'últim diumenge de Quaresma escoltem l'evangeli de la resurrecció de Llàtzer. És l'anunci de la gran novetat de la resurrecció de Crist i la promesa de la nostra.
La Quaresma serà temps de renovació si escoltem de nou la Paraula del Senyor.
† Javier Salinas Viñals
Bisbe de Tortosa
Cuaresma. Primer domingo
LAS TENTACIONES DE JESúS
— El Señor permite que seamos tentados para que crezcamos en las virtudes.
— Las tentaciones de Jesús. El demonio nos prueba de modo parecido.
— El Señor está siempre a nuestro lado. Armas para vencer.
I. «La Cuaresma conmemora los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto, como preparación de esos años de predicación, que culminan en la Cruz y en la gloria de la Pascua. Cuarenta días de oración y de penitencia. Al terminar, tuvo lugar la escena que la liturgia de hoy ofrece a nuestra consideración, recogiéndola en el Evangelio de la Misa: las tentaciones de Cristo (Cfr. Mt 4, 1-11).
»Una escena llena de misterio, que el hombre pretende en vano entender –Dios que se somete a la tentación, que deja hacer al Maligno–, pero que puede ser meditada, pidiendo al Señor que nos haga saber la enseñanza que contiene»1.
Es la primera vez que interviene el diablo en la vida de Jesús y lo hace abiertamente. Pone a prueba a Nuestro Señor; quizá quiere averiguar si ha llegado ya la hora del Mesías. Jesús se lo permitió para darnos ejemplo de humildad y para enseñarnos a vencer las tentaciones que vamos a sufrir a lo largo de nuestra vida: «como el Señor todo lo hacía para nuestra enseñanza –dice San Juan Crisóstomo–, quiso también ser conducido al desierto y trabar allí combate con el demonio, a fin de que los bautizados, si después del bautismo sufren mayores tentaciones, no se turben por eso, como si no fuera de esperar»2. Si no contáramos con las tentaciones que hemos de padecer abriríamos la puerta a un gran enemigo: el desaliento y la tristeza.
Quería Jesús enseñarnos con su ejemplo que nadie debe creerse exento de padecer cualquier prueba. «Las tentaciones de Nuestro Señor son también las tentaciones de sus servidores de un modo individual. Pero su escala, naturalmente, es diferente: el demonio no va a ofreceros a vosotros ni a mí –dice Knox– todos los reinos del mundo. Conoce el mercado y, como buen vendedor, ofrece exactamente lo que calcula que el comprador tomará. Supongo que pensará, con bastante razón, que la mayor parte de nosotros podemos ser comprados por cinco mil libras al año, y una gran parte de nosotros por mucho menos. Tampoco nos ofrece sus condiciones de modo tan abierto, sino que sus ofertas vienen envueltas en toda especie de formas plausibles. Pero si ve la oportunidad no tarda mucho en señalarnos a vosotros y a mí cómo podemos conseguir aquello que queremos si aceptamos ser infieles a nosotros mismos y, en muchas ocasiones, si aceptamos ser infieles a nuestra fe católica»3.
El Señor, como se nos recuerda en el Prefacio de la Misa de hoy, nos enseña con su actuación cómo hemos de vencer las tentaciones y además quiere que saquemos provecho de las pruebas por las que vamos a pasar. Él «permite la tentación y se sirve de ella providencialmente para purificarte, para hacerte santo, para desligarte mejor de las cosas de la tierra, para llevarte a donde Él quiere y por donde Él quiere, para hacerte feliz en una vida que no sea cómoda, y para darte madurez, comprensión y eficacia en tu trabajo apostólico con las almas, y... sobre todo para hacerte humilde, muy humilde»4. Bienaventurado el varón que soporta la tentación –dice el Apóstol Santiago– porque, probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman5.
II. El demonio tienta aprovechando las necesidades y debilidades de la naturaleza humana.
El Señor, después de haber pasado cuarenta días y cuarenta noches ayunando, debe encontrarse muy débil, y siente hambre como cualquier hombre en sus mismas circunstancias. Este es el momento en que se acerca el tentador con la proposición de que convierta las piedras que allí había en el pan que tanto necesita y desea.
Y Jesús «no solo rechaza el alimento que su cuerpo pedía, sino que aleja de sí una incitación mayor: la de usar del poder divino para remediar, si podemos hablar así, un problema personal (...).
»Generosidad del Señor que se ha humillado, que ha aceptado en pleno la condición humana, que no se sirve de su poder de Dios para huir de las dificultades o del esfuerzo. Que nos enseña a ser recios, a amar el trabajo, a apreciar la nobleza humana y divina de saborear las consecuencias del entregamiento»6.
Nos enseña también este pasaje del Evangelio a estar particularmente atentos, con nosotros mismos y con aquellos a quienes tenemos una mayor obligación de ayudar, en esos momentos de debilidad, de cansancio, cuando se está pasando una mala temporada, porque el demonio quizá intensifique entonces la tentación para que nuestras vidas tomen otros derroteros ajenos a la voluntad de Dios.
En la segunda tentación, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo: Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está: Dará órdenes acerca de ti a sus ángeles de que te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra. Y le respondió Jesús: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.
Era en apariencia una tentación capciosa: si te niegas, demostrarás que no confías en Dios plenamente; si aceptas, le obligas a enviar, en provecho personal, a sus ángeles para que te salven. El demonio no sabe que Jesús no tendría necesidad de ángel alguno.
Una proposición parecida, y con un texto casi idéntico, oirá el Señor ya al final de su vida terrena: Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él7.
Cristo se niega a hacer milagros inútiles, por vanidad y vanagloria. Nosotros hemos de estar atentos para rechazar, en nuestro orden de cosas, tentaciones parecidas: el deseo de quedar bien, que puede surgir hasta en lo más santo; también debemos estar alerta ante falsas argumentaciones que pretendan basarse en la Sagrada Escritura, y no pedir (mucho menos exigir) pruebas o señales extraordinarias para creer, pues el Señor nos da gracias y testimonios suficientes que nos indican el camino de la fe en medio de nuestra vida ordinaria.
En la última de las tentaciones, el demonio ofrece a Jesús toda la gloria y el poder terreno que un hombre puede ambicionar. Le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: —Todas estas cosas te daré si postrándote delante de mí, me adoras. El Señor rechazó definitivamente al tentador.
El demonio promete siempre más de lo que puede dar. La felicidad está muy lejos de sus manos. Toda tentación es siempre un miserable engaño. Y para probarnos, el demonio cuenta con nuestras ambiciones. La peor de ellas es la de desear, a toda costa, la propia excelencia; el buscarnos a nosotros mismos sistemáticamente en las cosas que hacemos o proyectamos. Nuestro propio yo puede ser, en muchas ocasiones, el peor de los ídolos.
Tampoco podemos postrarnos ante las cosas materiales haciendo de ellas falsos dioses que nos esclavizarían. Los bienes materiales dejan de ser bienes si nos separan de Dios y de nuestros hermanos los hombres.
Tendremos que vigilar, en lucha constante, porque permanece en nosotros la tendencia a desear la gloria humana, a pesar de haberle dicho muchas veces al Señor que no queremos otra gloria que la suya. También a nosotros se dirige Jesús: Adorarás al Señor Dios tuyo; y a Él solo servirás. Y eso es lo que deseamos y pedimos: servir a Dios en la vocación a la que nos ha llamado.
III. El Señor está siempre a nuestro lado, en cada tentación, y nos dice: Confiad: Yo he vencido al mundo8. Y nosotros nos apoyamos en Él, porque, si no lo hiciéramos, poco conseguiríamos solos: Todo lo puedo en Aquel que me conforta9. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?10.
Podemos prevenir la tentación con la mortificación constante en el trabajo, al vivir la caridad, en la guarda de los sentidos internos y externos. Y junto a la mortificación, la oración: Velad y orad para no caer en la tentación11. También debemos prevenirla huyendo de las ocasiones de pecar por pequeñas que sean, pues el que ama el peligro perecerá en él12, y teniendo el tiempo bien ocupado, principalmente cumpliendo bien nuestros deberes profesionales, familiares y sociales.
Para combatir la tentación «habremos de repetir muchas veces y con confianza la petición del padrenuestro: no nos dejes caer en la tentación, concédenos la fuerza de permanecer fuertes en ella. Ya que el mismo Señor pone en nuestros labios tal plegaria, bien estará que la repitamos continuamente.
»Combatimos la tentación manifestándosela abiertamente al director espiritual, pues el manifestarla es ya casi vencerla. El que revela sus propias tentaciones al director espiritual puede estar seguro de que Dios otorga a este la gracia necesaria para dirigirle bien»13.
Contamos siempre con la gracia de Dios para vencer cualquier tentación. «Pero no olvides, amigo mío, que necesitas de armas para vencer en esta batalla espiritual. Y que tus armas han de ser estas: oración continua; sinceridad y franqueza con tu director espiritual; la Santísima Eucaristía y el Sacramento de la Penitencia; un generoso espíritu de cristiana mortificación que te llevará a huir de las ocasiones y evitar el ocio; la humildad del corazón, y una tierna y filial devoción a la Santísima Virgen: Consolatrix afflictorum et Refugium peccatorum, consuelo de los afligidos y refugio de los pecadores. Vuélvete siempre a Ella confiadamente y dile: Mater mea, fiducia mea; ¡Madre mía, confianza mía!»14.
1 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 61. — 2 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 13, 1. — 3 R. A. Knox, Sermones pastorales, p. 79. — 4 S. Canals, Ascética Meditada, 14ª ed., Madrid 1980, p. 127. — 5 Sant 1, 12. — 6 San Josemaría Escrivá, loc. cit. — 7 Mt 27, 42. — 8 Jn 16, 33. — 9 Flp 4, 13. — 10 Sal 26, 1. — 11 Mt 26, 41. — 12 Eccl 3, 27. — 13 B. Baur, En la intimidad con Dios, Herder. Barcelona 1975, 10ª ed., p. 121. — 14 S. Canals, o. c., p. 128
LAS TENTACIONES DE JESúS
— El Señor permite que seamos tentados para que crezcamos en las virtudes.
— Las tentaciones de Jesús. El demonio nos prueba de modo parecido.
— El Señor está siempre a nuestro lado. Armas para vencer.
I. «La Cuaresma conmemora los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto, como preparación de esos años de predicación, que culminan en la Cruz y en la gloria de la Pascua. Cuarenta días de oración y de penitencia. Al terminar, tuvo lugar la escena que la liturgia de hoy ofrece a nuestra consideración, recogiéndola en el Evangelio de la Misa: las tentaciones de Cristo (Cfr. Mt 4, 1-11).
»Una escena llena de misterio, que el hombre pretende en vano entender –Dios que se somete a la tentación, que deja hacer al Maligno–, pero que puede ser meditada, pidiendo al Señor que nos haga saber la enseñanza que contiene»1.
Es la primera vez que interviene el diablo en la vida de Jesús y lo hace abiertamente. Pone a prueba a Nuestro Señor; quizá quiere averiguar si ha llegado ya la hora del Mesías. Jesús se lo permitió para darnos ejemplo de humildad y para enseñarnos a vencer las tentaciones que vamos a sufrir a lo largo de nuestra vida: «como el Señor todo lo hacía para nuestra enseñanza –dice San Juan Crisóstomo–, quiso también ser conducido al desierto y trabar allí combate con el demonio, a fin de que los bautizados, si después del bautismo sufren mayores tentaciones, no se turben por eso, como si no fuera de esperar»2. Si no contáramos con las tentaciones que hemos de padecer abriríamos la puerta a un gran enemigo: el desaliento y la tristeza.
Quería Jesús enseñarnos con su ejemplo que nadie debe creerse exento de padecer cualquier prueba. «Las tentaciones de Nuestro Señor son también las tentaciones de sus servidores de un modo individual. Pero su escala, naturalmente, es diferente: el demonio no va a ofreceros a vosotros ni a mí –dice Knox– todos los reinos del mundo. Conoce el mercado y, como buen vendedor, ofrece exactamente lo que calcula que el comprador tomará. Supongo que pensará, con bastante razón, que la mayor parte de nosotros podemos ser comprados por cinco mil libras al año, y una gran parte de nosotros por mucho menos. Tampoco nos ofrece sus condiciones de modo tan abierto, sino que sus ofertas vienen envueltas en toda especie de formas plausibles. Pero si ve la oportunidad no tarda mucho en señalarnos a vosotros y a mí cómo podemos conseguir aquello que queremos si aceptamos ser infieles a nosotros mismos y, en muchas ocasiones, si aceptamos ser infieles a nuestra fe católica»3.
El Señor, como se nos recuerda en el Prefacio de la Misa de hoy, nos enseña con su actuación cómo hemos de vencer las tentaciones y además quiere que saquemos provecho de las pruebas por las que vamos a pasar. Él «permite la tentación y se sirve de ella providencialmente para purificarte, para hacerte santo, para desligarte mejor de las cosas de la tierra, para llevarte a donde Él quiere y por donde Él quiere, para hacerte feliz en una vida que no sea cómoda, y para darte madurez, comprensión y eficacia en tu trabajo apostólico con las almas, y... sobre todo para hacerte humilde, muy humilde»4. Bienaventurado el varón que soporta la tentación –dice el Apóstol Santiago– porque, probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman5.
II. El demonio tienta aprovechando las necesidades y debilidades de la naturaleza humana.
El Señor, después de haber pasado cuarenta días y cuarenta noches ayunando, debe encontrarse muy débil, y siente hambre como cualquier hombre en sus mismas circunstancias. Este es el momento en que se acerca el tentador con la proposición de que convierta las piedras que allí había en el pan que tanto necesita y desea.
Y Jesús «no solo rechaza el alimento que su cuerpo pedía, sino que aleja de sí una incitación mayor: la de usar del poder divino para remediar, si podemos hablar así, un problema personal (...).
»Generosidad del Señor que se ha humillado, que ha aceptado en pleno la condición humana, que no se sirve de su poder de Dios para huir de las dificultades o del esfuerzo. Que nos enseña a ser recios, a amar el trabajo, a apreciar la nobleza humana y divina de saborear las consecuencias del entregamiento»6.
Nos enseña también este pasaje del Evangelio a estar particularmente atentos, con nosotros mismos y con aquellos a quienes tenemos una mayor obligación de ayudar, en esos momentos de debilidad, de cansancio, cuando se está pasando una mala temporada, porque el demonio quizá intensifique entonces la tentación para que nuestras vidas tomen otros derroteros ajenos a la voluntad de Dios.
En la segunda tentación, el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso sobre el pináculo del Templo. Y le dijo: Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo. Pues escrito está: Dará órdenes acerca de ti a sus ángeles de que te lleven en sus manos, no sea que tropiece tu pie contra alguna piedra. Y le respondió Jesús: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios.
Era en apariencia una tentación capciosa: si te niegas, demostrarás que no confías en Dios plenamente; si aceptas, le obligas a enviar, en provecho personal, a sus ángeles para que te salven. El demonio no sabe que Jesús no tendría necesidad de ángel alguno.
Una proposición parecida, y con un texto casi idéntico, oirá el Señor ya al final de su vida terrena: Si es el rey de Israel, que baje ahora de la cruz y creeremos en él7.
Cristo se niega a hacer milagros inútiles, por vanidad y vanagloria. Nosotros hemos de estar atentos para rechazar, en nuestro orden de cosas, tentaciones parecidas: el deseo de quedar bien, que puede surgir hasta en lo más santo; también debemos estar alerta ante falsas argumentaciones que pretendan basarse en la Sagrada Escritura, y no pedir (mucho menos exigir) pruebas o señales extraordinarias para creer, pues el Señor nos da gracias y testimonios suficientes que nos indican el camino de la fe en medio de nuestra vida ordinaria.
En la última de las tentaciones, el demonio ofrece a Jesús toda la gloria y el poder terreno que un hombre puede ambicionar. Le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: —Todas estas cosas te daré si postrándote delante de mí, me adoras. El Señor rechazó definitivamente al tentador.
El demonio promete siempre más de lo que puede dar. La felicidad está muy lejos de sus manos. Toda tentación es siempre un miserable engaño. Y para probarnos, el demonio cuenta con nuestras ambiciones. La peor de ellas es la de desear, a toda costa, la propia excelencia; el buscarnos a nosotros mismos sistemáticamente en las cosas que hacemos o proyectamos. Nuestro propio yo puede ser, en muchas ocasiones, el peor de los ídolos.
Tampoco podemos postrarnos ante las cosas materiales haciendo de ellas falsos dioses que nos esclavizarían. Los bienes materiales dejan de ser bienes si nos separan de Dios y de nuestros hermanos los hombres.
Tendremos que vigilar, en lucha constante, porque permanece en nosotros la tendencia a desear la gloria humana, a pesar de haberle dicho muchas veces al Señor que no queremos otra gloria que la suya. También a nosotros se dirige Jesús: Adorarás al Señor Dios tuyo; y a Él solo servirás. Y eso es lo que deseamos y pedimos: servir a Dios en la vocación a la que nos ha llamado.
III. El Señor está siempre a nuestro lado, en cada tentación, y nos dice: Confiad: Yo he vencido al mundo8. Y nosotros nos apoyamos en Él, porque, si no lo hiciéramos, poco conseguiríamos solos: Todo lo puedo en Aquel que me conforta9. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?10.
Podemos prevenir la tentación con la mortificación constante en el trabajo, al vivir la caridad, en la guarda de los sentidos internos y externos. Y junto a la mortificación, la oración: Velad y orad para no caer en la tentación11. También debemos prevenirla huyendo de las ocasiones de pecar por pequeñas que sean, pues el que ama el peligro perecerá en él12, y teniendo el tiempo bien ocupado, principalmente cumpliendo bien nuestros deberes profesionales, familiares y sociales.
Para combatir la tentación «habremos de repetir muchas veces y con confianza la petición del padrenuestro: no nos dejes caer en la tentación, concédenos la fuerza de permanecer fuertes en ella. Ya que el mismo Señor pone en nuestros labios tal plegaria, bien estará que la repitamos continuamente.
»Combatimos la tentación manifestándosela abiertamente al director espiritual, pues el manifestarla es ya casi vencerla. El que revela sus propias tentaciones al director espiritual puede estar seguro de que Dios otorga a este la gracia necesaria para dirigirle bien»13.
Contamos siempre con la gracia de Dios para vencer cualquier tentación. «Pero no olvides, amigo mío, que necesitas de armas para vencer en esta batalla espiritual. Y que tus armas han de ser estas: oración continua; sinceridad y franqueza con tu director espiritual; la Santísima Eucaristía y el Sacramento de la Penitencia; un generoso espíritu de cristiana mortificación que te llevará a huir de las ocasiones y evitar el ocio; la humildad del corazón, y una tierna y filial devoción a la Santísima Virgen: Consolatrix afflictorum et Refugium peccatorum, consuelo de los afligidos y refugio de los pecadores. Vuélvete siempre a Ella confiadamente y dile: Mater mea, fiducia mea; ¡Madre mía, confianza mía!»14.
1 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 61. — 2 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 13, 1. — 3 R. A. Knox, Sermones pastorales, p. 79. — 4 S. Canals, Ascética Meditada, 14ª ed., Madrid 1980, p. 127. — 5 Sant 1, 12. — 6 San Josemaría Escrivá, loc. cit. — 7 Mt 27, 42. — 8 Jn 16, 33. — 9 Flp 4, 13. — 10 Sal 26, 1. — 11 Mt 26, 41. — 12 Eccl 3, 27. — 13 B. Baur, En la intimidad con Dios, Herder. Barcelona 1975, 10ª ed., p. 121. — 14 S. Canals, o. c., p. 128
Conversión, porque el Señor nos está esperando como al hijo pródigo, ahora que comienza la Cuaresma. ¡Ojalá!, todos nos acerquemos al Sacramento del perdón, el signo vivo del amor del Padre que nos abraza. La conversión consiste en creer en la muerte y resurrección de Jesús como realidades que se han dado para cada uno; es saber que solo de la mano de Cristo es posible conocer y vivir la riqueza de su amor. Conversión significa volver a Dios, reconocer nuestros pecados, saber que Él nos perdona y comenzar una nueva vida. Quien no ha experimentado el perdón tampoco sabe lo que es el amor de Dios, infinito y misericordioso. Este lugar y esta fecha, dentro de la novena de la Gracia, son especialmente propicios para gozar del amor de Dios en el Sacramento de la misericordia. Acercaos vosotros y animad a vuestros familiares y a vuestros amigos a acercarse a la fuente del Perdón.
Volvemos nuestra mirada a María, la madre de Jesús, ¡la madre de los jóvenes! La imagen de María de Javier que preside la iglesia que tenéis a vuestra espalda, donde San Francisco fue bautizado, recoge nuestra decisión y nos ayuda a ponerla en práctica.
Volvemos nuestra mirada a María, la madre de Jesús, ¡la madre de los jóvenes! La imagen de María de Javier que preside la iglesia que tenéis a vuestra espalda, donde San Francisco fue bautizado, recoge nuestra decisión y nos ayuda a ponerla en práctica.
Vosotros sois mis amigos
+ FRANCISCO CERRO CHAVES
Obispo de Coria-Cáceres
Fuente: Alfa y Omega
Jesús (Gregorio Domínguez)
Aquel hombre que viajaba en avión presumía de cuantos amigos tenía. Hablaba de miles. El que estaba a su lado, en el asiento, le comentó:
«¿Me deja usted que le haga cuatro preguntas para descubrir verdaderamente cuántos amigos tiene? La primera es a cuántos invitaría a su boda». Le respondió que a unos quinientos, a lo que le contestó el que le preguntaba: «Ya se ha rebajado un poco la cifra de amigos que dice que tiene. La segunda pregunta es a quiénes invitaría al bautizo de su primer hijo». Respondió que a unos setenta. Lo cual bajó, también, sensiblemente la cifra de amigos que decía tener. Luego le preguntó que a quién comunicaría que le habían diagnosticado una enfermedad grave. Respondió que a unos cinco. Por último le dijo: «¿A cuántos le gustaría hablar poco antes de morir?» Respondió que a dos o tres. Entonces, le dijo el compañero de asiento: «Éstos últimos son, verdaderamente, los amigos que usted tiene».
Jesús nos llama amigos. Jesús es el Amigo que nunca falla. Si nos ha demostrado su amor de pasión muriendo, nos demuestra que nos ama como Amigo resucitado, porque su amistad es vivir para el servicio del otro. Es verdad lo que decía aquel refrán árabe: Se podrá olvidar al amigo con quien reíste, pero nunca con el que lloraste. La amistad de Jesús es una amistad real. Él es el amigo que no falta a la cita, que se encuentra siempre disponible, que nunca se desentiende, que aguanta y nos acepta como somos y hasta el último momento.
Jesús quiere una amistad y un amor como Él nos ha amado. Esto es impresionante y muy consolador. Es amigo siempre porque nos ama con toda la fuerza de su Corazón redentor y porque nos invita a querer siempre a los que Dios pone en nuestro camino. Nos llama a hacernos de verdad amigos de verdad de los que nos acompañan en el camino de la vida. El hombre de hoy, sobre todo los jóvenes, no sabe distinguir entre admiración y amistad. Compruebo que muchos jóvenes llaman amigos a los que admiran. No es así. La amistad exige mucho más que la admiración. Podemos admirar a Jesús. ¡Es admirable! Pero la realidad es mucho más rica, ¡es amigo de verdad!
Esa amistad exige conocimiento mutuo, exige ponerse en lugar del otro, estar a las duras y a las maduras. Los buenos amigos son como el buen vino, conforme pasa el tiempo se hace de más calidad, de mejor sabor.
Jesús es Amigo y nos recuerda que el mandamiento nuevo, el que nos ha traído toda la novedad del Evangelio, tiene mucho que ver con su manera de amistad: Como Yo os he amado. Vosotros sois mis amigos, nos dice Jesús, y de pronto estalla en nuestro corazón la alegría de ser su amigo para siempre.
+ FRANCISCO CERRO CHAVES
Obispo de Coria-Cáceres
Fuente: Alfa y Omega
Jesús (Gregorio Domínguez)
Aquel hombre que viajaba en avión presumía de cuantos amigos tenía. Hablaba de miles. El que estaba a su lado, en el asiento, le comentó:
«¿Me deja usted que le haga cuatro preguntas para descubrir verdaderamente cuántos amigos tiene? La primera es a cuántos invitaría a su boda». Le respondió que a unos quinientos, a lo que le contestó el que le preguntaba: «Ya se ha rebajado un poco la cifra de amigos que dice que tiene. La segunda pregunta es a quiénes invitaría al bautizo de su primer hijo». Respondió que a unos setenta. Lo cual bajó, también, sensiblemente la cifra de amigos que decía tener. Luego le preguntó que a quién comunicaría que le habían diagnosticado una enfermedad grave. Respondió que a unos cinco. Por último le dijo: «¿A cuántos le gustaría hablar poco antes de morir?» Respondió que a dos o tres. Entonces, le dijo el compañero de asiento: «Éstos últimos son, verdaderamente, los amigos que usted tiene».
Jesús nos llama amigos. Jesús es el Amigo que nunca falla. Si nos ha demostrado su amor de pasión muriendo, nos demuestra que nos ama como Amigo resucitado, porque su amistad es vivir para el servicio del otro. Es verdad lo que decía aquel refrán árabe: Se podrá olvidar al amigo con quien reíste, pero nunca con el que lloraste. La amistad de Jesús es una amistad real. Él es el amigo que no falta a la cita, que se encuentra siempre disponible, que nunca se desentiende, que aguanta y nos acepta como somos y hasta el último momento.
Jesús quiere una amistad y un amor como Él nos ha amado. Esto es impresionante y muy consolador. Es amigo siempre porque nos ama con toda la fuerza de su Corazón redentor y porque nos invita a querer siempre a los que Dios pone en nuestro camino. Nos llama a hacernos de verdad amigos de verdad de los que nos acompañan en el camino de la vida. El hombre de hoy, sobre todo los jóvenes, no sabe distinguir entre admiración y amistad. Compruebo que muchos jóvenes llaman amigos a los que admiran. No es así. La amistad exige mucho más que la admiración. Podemos admirar a Jesús. ¡Es admirable! Pero la realidad es mucho más rica, ¡es amigo de verdad!
Esa amistad exige conocimiento mutuo, exige ponerse en lugar del otro, estar a las duras y a las maduras. Los buenos amigos son como el buen vino, conforme pasa el tiempo se hace de más calidad, de mejor sabor.
Jesús es Amigo y nos recuerda que el mandamiento nuevo, el que nos ha traído toda la novedad del Evangelio, tiene mucho que ver con su manera de amistad: Como Yo os he amado. Vosotros sois mis amigos, nos dice Jesús, y de pronto estalla en nuestro corazón la alegría de ser su amigo para siempre.
Homilía de Mons. Francisco Pérez en la segunda javierada
By admin on 12 de marzo de 2011
Habéis venido hasta aquí como buenos peregrinos con la actitud decidida de “caminantes ante la vida”, de estar “en camino hacia el Señor”, “en camino con el Señor”, especialmente este año que ansiamos vivir “arraigados y edificados en Cristo; firmes en la fe, como Francisco Javier”, que así reza el lema de las javieradas de este año.
Al comenzar me gustaría felicitaros a todos, uno por uno, a los niños, a los jóvenes, a los más mayores y, con especial afecto, a los que habéis venido en familia. De modo especial a los enfermos que nos seguís por la Radio o por la TV. A los navarros y a los que os habéis acercado desde otras ciudades y pueblos. Sed todos bienvenidos y, con las palabras de San Pablo que hemos escuchado sentíos felices porque “por la obediencia de uno solo, Jesucristo, todos habéis sido constituidos justos” (Rm 5,19).
1. La tentación de nuestros primeros padres que hemos escuchado en la primera lectura y las tentaciones de Jesús, recordadas en el Evangelio, ponen ante nuestros ojos la tentación permanente de posponer a Dios y dejarlo en segundo plano. En efecto, la tentación se presenta con visos de aparente sentido común y de aparente prudencia: después de cuarenta días sin comer, es lógico satisfacer el hambre. Y el diablo no le incita a grandes manjares que podría parecer un exceso; simplemente le propone comer pan, el alimento más básico. Pero encierra una enorme trampa: convertir las piedras en pan, sin contar con Dios. Por eso la respuesta de Jesús va a lo nuclear de la tentación: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Contar con Dios es contar con su voluntad. Quien hace la voluntad de Dios no sólo le agrada sino que le glorifica.
La tentación por conseguir nuestras metas, también las legítimas, al margen de Dios sigue siendo actual. Sufrimos una severa crisis de fe en Dios como creador y dueño de la vida. De ahí que se pretenda ausentarlo y marginarlo como si fuera alguien ajeno a la vida, a la realidad económica y a la realidad social. Trabajamos, nos afanamos y vivimos como si Dios se hiciera el intruso, como alguien que nada tiene que ver en nuestra existencia. Se llega hasta pensar que Dios ya no sólo no existe sino que quien tenga fe en él es un hereje social: debe ser expulsado de la sociedad. Pensemos lo que está sucediendo, con el martirio de cristianos, en ciertos países de Medio y extremo Oriente. Queridos peregrinos no queremos ni podemos dejarnos engañar: estamos aquí porque, al estilo de San Francisco de Javier, queremos gritar al mundo que Dios existe, que es nuestro Creador, que nos ama a cada uno con amor de Padre, que cuida de nosotros mientras estamos en este mundo y nos espera después con los brazos abiertos.
2. La primera tentación ponía una cláusula condicional: “Si eres hijo de Dios…”, la misma que repetirán los que se burlaron de Jesús en la Cruz: “Si eres hijo de Dios, baja de la cruz”. La misma probablemente que escucharemos en amargo sarcasmo ante el dolor del inocente: Si Dios es amor, ¿por qué deja que haya sufrimiento? Nos cuesta entender que Cristo no ha bajado de la Cruz sino que ha transformado el dolor en amor y el sufrimiento en gracia.Y se aplica a la Iglesia y a los cristianos: Si sois tan buenos, por qué en vez de rezar no os dedicáis a solucionar los problemas. No quiero hacer aquí una apología del esfuerzo que hace la Iglesia para paliar en cuanto es posible las angustias de tantos que están sufriendo la miseria, que no tienen trabajo ni ven un futuro halagüeño. Ni pretendo estimular vuestra generosidad que siempre es mucha para colaborar con Cáritas y con tantas otras instituciones eclesiales de caridad. ¡Ya lo hacéis! Sólo quiero reivindicar una jerarquía de valores: primero Dios que es quien nos proporciona los medios materiales. Más aún, cuando reconocemos a Dios, somos capaces de buscar, con ahínco, la solución de tantas dificultades que nos angustian. No olvidemos que el mismo Jesús que rechazó como una tentación hacer un milagro para alimentarse, fue el que unos meses más tarde llevó a cabo la multiplicación de los panes y peces. Pero en este caso los que tenían hambre habían venido a escuchar la palabra de Dios. Más aún, el mismo Jesús nos enseñó una maravillosa oración que tantas veces repetimos, el Padre Nuestro, en el que pedimos insistentemente: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. De las tentaciones de Jesús aprendemos que no podemos apartar a Dios de nuestra sociedad, ni de nuestras vidas. Al contrario, “bien sabe vuestro Padre Celestial que tenéis necesidad de todo eso”, decía Jesús. Por todo ello, la palabra de Dios que escuchamos, la oración que practicamos, la fe que profesamos nos impulsa con mayor ardor a participar de las angustias de nuestros hermanos y a esforzarnos por encontrar la mejor solución posible.
3. La segunda tentación parece más intelectual, casi es una discusión entre sabios. El diablo le recuerda una cita de la Biblia, el salmo 91, aplicada al Mesías: “El Señor ha dado órdenes a sus ángeles y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”. Por tanto, le dice, tírate de aquí abajo, es decir, lánzate al vacío con la única confianza en Dios. Parece razonable, ¿verdad? Y yo me pregunto: ¿hay actualmente alguna tentación semejante, que proponga un planteamiento, digamos, razonable? Pienso que la familia está padeciendo desde muchísimos ángulos ataques de todo tipo, con frecuencia presentados como razonables. Se repite que es parte de una sociedad moderna la obligación de que no se someta a los esposos a una convivencia, dicen, imposible de resistir. Y se promulgan leyes profundamente injustas, pero revestidas de ropaje vacío de sentido racional pero que se llegan hacer normales, facilitando la caída en el vacío existencial puesto que se buscan subterfugios inconsistentes para acallar la conciencia: el derecho de la madre a abortar, realizar separaciones matrimoniales cuánto más rápidas mejor, el derecho a interrumpir la vida cuando uno lo desee. Y de nuevo se oye la respuesta de Jesús: “No tentarás al Señor tú Dios”. Quien tienta a Dios o le hace un pulso, al final siempre sale perdiendo, en cambio quien es dócil a su mandato de amor será feliz y habrá ganado el ciento por uno.
La educación es otro blanco fácil de atacar y que los padres cristianos habéis de defender con tesón. Dejadme recordar a este respecto unas palabras que pronunció el próximo Beato Juan Pablo II en esta misma plaza el 9 de noviembre de 1968: “La familia cristiana, que actúa ya como misionera al presentar sus hijos a la Iglesia para el bautismo, debe continuar el ministerio de evangelización y de catequesis, educándolos desde su más tierna edad en la conciencia misionera y el espíritu de cooperación eclesial (…). ¡Familias cristianas!: confrontaos con el modelo de la Sagrada Familia, que favoreció con delicado esmero la gradual manifestación de la misión redentora, misionera podemos decir, de Jesús”. Y poco después animaba a los presentes: “Miraos también en la acción edificante de los padres de Javier, que hicieron de su hogar una ‘Iglesia doméstica’ ejemplar. (…). Siguiendo el ejemplo de la familia de Javier, las familias de esta Iglesia de San Fermín han sido fecundo semillero de vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras. ¡Queridas familias de Navarra: debéis recobrar y conservar celosamente tan excelso patrimonio de virtud y servicio a la Iglesia y a la humanidad!”.
4. No quiero terminar sin hacer mención del acontecimiento importantísimo que vamos a vivir este año en España. Me refiero a la Jornada Mundial de la Juventud, de la que uno de los patronos es San Francisco de Javier. Sabéis que aquí mismo, a los pies del Castillo, tendremos una magna concentración el sábado 13 de agosto con los jóvenes que vengan a nuestra Diócesis desde los diferentes lugares de Alemania, de Europa, de China, de Islandia, de Brasil, de Kenia y de otros muchos lugares del mundo. Con mucha ilusión estamos preparando esas fechas y con mucha esperanza, porque estamos seguros de que el Señor nos bendecirá con muchas gracias para todos. Pido vuestra oración, vuestra colaboración y vuestro compromiso con esta tarea que están moviendo e impulsando el equipo de la JMJ en Navarra y en todas las Diócesis de España.
No puedo pasar por alto al gran grupo de amigos que celebran el 40 aniversario de su Asociación y son los miembros de ASPACE. Ellos mismos dicen que la “Javierada es un símbolo y signo de itinerario vital de las personas con discapacidad”. Les felicitamos y deseamos que vivan la fraternidad expresión viva del amor que Dios nos regala. A los pies de la Virgen ponemos todas estas ilusiones, todos estos ideales para que Ella los presente ante su Hijo y ante el trono de Dios.
By admin on 12 de marzo de 2011
Habéis venido hasta aquí como buenos peregrinos con la actitud decidida de “caminantes ante la vida”, de estar “en camino hacia el Señor”, “en camino con el Señor”, especialmente este año que ansiamos vivir “arraigados y edificados en Cristo; firmes en la fe, como Francisco Javier”, que así reza el lema de las javieradas de este año.
Al comenzar me gustaría felicitaros a todos, uno por uno, a los niños, a los jóvenes, a los más mayores y, con especial afecto, a los que habéis venido en familia. De modo especial a los enfermos que nos seguís por la Radio o por la TV. A los navarros y a los que os habéis acercado desde otras ciudades y pueblos. Sed todos bienvenidos y, con las palabras de San Pablo que hemos escuchado sentíos felices porque “por la obediencia de uno solo, Jesucristo, todos habéis sido constituidos justos” (Rm 5,19).
1. La tentación de nuestros primeros padres que hemos escuchado en la primera lectura y las tentaciones de Jesús, recordadas en el Evangelio, ponen ante nuestros ojos la tentación permanente de posponer a Dios y dejarlo en segundo plano. En efecto, la tentación se presenta con visos de aparente sentido común y de aparente prudencia: después de cuarenta días sin comer, es lógico satisfacer el hambre. Y el diablo no le incita a grandes manjares que podría parecer un exceso; simplemente le propone comer pan, el alimento más básico. Pero encierra una enorme trampa: convertir las piedras en pan, sin contar con Dios. Por eso la respuesta de Jesús va a lo nuclear de la tentación: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Contar con Dios es contar con su voluntad. Quien hace la voluntad de Dios no sólo le agrada sino que le glorifica.
La tentación por conseguir nuestras metas, también las legítimas, al margen de Dios sigue siendo actual. Sufrimos una severa crisis de fe en Dios como creador y dueño de la vida. De ahí que se pretenda ausentarlo y marginarlo como si fuera alguien ajeno a la vida, a la realidad económica y a la realidad social. Trabajamos, nos afanamos y vivimos como si Dios se hiciera el intruso, como alguien que nada tiene que ver en nuestra existencia. Se llega hasta pensar que Dios ya no sólo no existe sino que quien tenga fe en él es un hereje social: debe ser expulsado de la sociedad. Pensemos lo que está sucediendo, con el martirio de cristianos, en ciertos países de Medio y extremo Oriente. Queridos peregrinos no queremos ni podemos dejarnos engañar: estamos aquí porque, al estilo de San Francisco de Javier, queremos gritar al mundo que Dios existe, que es nuestro Creador, que nos ama a cada uno con amor de Padre, que cuida de nosotros mientras estamos en este mundo y nos espera después con los brazos abiertos.
2. La primera tentación ponía una cláusula condicional: “Si eres hijo de Dios…”, la misma que repetirán los que se burlaron de Jesús en la Cruz: “Si eres hijo de Dios, baja de la cruz”. La misma probablemente que escucharemos en amargo sarcasmo ante el dolor del inocente: Si Dios es amor, ¿por qué deja que haya sufrimiento? Nos cuesta entender que Cristo no ha bajado de la Cruz sino que ha transformado el dolor en amor y el sufrimiento en gracia.Y se aplica a la Iglesia y a los cristianos: Si sois tan buenos, por qué en vez de rezar no os dedicáis a solucionar los problemas. No quiero hacer aquí una apología del esfuerzo que hace la Iglesia para paliar en cuanto es posible las angustias de tantos que están sufriendo la miseria, que no tienen trabajo ni ven un futuro halagüeño. Ni pretendo estimular vuestra generosidad que siempre es mucha para colaborar con Cáritas y con tantas otras instituciones eclesiales de caridad. ¡Ya lo hacéis! Sólo quiero reivindicar una jerarquía de valores: primero Dios que es quien nos proporciona los medios materiales. Más aún, cuando reconocemos a Dios, somos capaces de buscar, con ahínco, la solución de tantas dificultades que nos angustian. No olvidemos que el mismo Jesús que rechazó como una tentación hacer un milagro para alimentarse, fue el que unos meses más tarde llevó a cabo la multiplicación de los panes y peces. Pero en este caso los que tenían hambre habían venido a escuchar la palabra de Dios. Más aún, el mismo Jesús nos enseñó una maravillosa oración que tantas veces repetimos, el Padre Nuestro, en el que pedimos insistentemente: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. De las tentaciones de Jesús aprendemos que no podemos apartar a Dios de nuestra sociedad, ni de nuestras vidas. Al contrario, “bien sabe vuestro Padre Celestial que tenéis necesidad de todo eso”, decía Jesús. Por todo ello, la palabra de Dios que escuchamos, la oración que practicamos, la fe que profesamos nos impulsa con mayor ardor a participar de las angustias de nuestros hermanos y a esforzarnos por encontrar la mejor solución posible.
3. La segunda tentación parece más intelectual, casi es una discusión entre sabios. El diablo le recuerda una cita de la Biblia, el salmo 91, aplicada al Mesías: “El Señor ha dado órdenes a sus ángeles y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”. Por tanto, le dice, tírate de aquí abajo, es decir, lánzate al vacío con la única confianza en Dios. Parece razonable, ¿verdad? Y yo me pregunto: ¿hay actualmente alguna tentación semejante, que proponga un planteamiento, digamos, razonable? Pienso que la familia está padeciendo desde muchísimos ángulos ataques de todo tipo, con frecuencia presentados como razonables. Se repite que es parte de una sociedad moderna la obligación de que no se someta a los esposos a una convivencia, dicen, imposible de resistir. Y se promulgan leyes profundamente injustas, pero revestidas de ropaje vacío de sentido racional pero que se llegan hacer normales, facilitando la caída en el vacío existencial puesto que se buscan subterfugios inconsistentes para acallar la conciencia: el derecho de la madre a abortar, realizar separaciones matrimoniales cuánto más rápidas mejor, el derecho a interrumpir la vida cuando uno lo desee. Y de nuevo se oye la respuesta de Jesús: “No tentarás al Señor tú Dios”. Quien tienta a Dios o le hace un pulso, al final siempre sale perdiendo, en cambio quien es dócil a su mandato de amor será feliz y habrá ganado el ciento por uno.
La educación es otro blanco fácil de atacar y que los padres cristianos habéis de defender con tesón. Dejadme recordar a este respecto unas palabras que pronunció el próximo Beato Juan Pablo II en esta misma plaza el 9 de noviembre de 1968: “La familia cristiana, que actúa ya como misionera al presentar sus hijos a la Iglesia para el bautismo, debe continuar el ministerio de evangelización y de catequesis, educándolos desde su más tierna edad en la conciencia misionera y el espíritu de cooperación eclesial (…). ¡Familias cristianas!: confrontaos con el modelo de la Sagrada Familia, que favoreció con delicado esmero la gradual manifestación de la misión redentora, misionera podemos decir, de Jesús”. Y poco después animaba a los presentes: “Miraos también en la acción edificante de los padres de Javier, que hicieron de su hogar una ‘Iglesia doméstica’ ejemplar. (…). Siguiendo el ejemplo de la familia de Javier, las familias de esta Iglesia de San Fermín han sido fecundo semillero de vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras. ¡Queridas familias de Navarra: debéis recobrar y conservar celosamente tan excelso patrimonio de virtud y servicio a la Iglesia y a la humanidad!”.
4. No quiero terminar sin hacer mención del acontecimiento importantísimo que vamos a vivir este año en España. Me refiero a la Jornada Mundial de la Juventud, de la que uno de los patronos es San Francisco de Javier. Sabéis que aquí mismo, a los pies del Castillo, tendremos una magna concentración el sábado 13 de agosto con los jóvenes que vengan a nuestra Diócesis desde los diferentes lugares de Alemania, de Europa, de China, de Islandia, de Brasil, de Kenia y de otros muchos lugares del mundo. Con mucha ilusión estamos preparando esas fechas y con mucha esperanza, porque estamos seguros de que el Señor nos bendecirá con muchas gracias para todos. Pido vuestra oración, vuestra colaboración y vuestro compromiso con esta tarea que están moviendo e impulsando el equipo de la JMJ en Navarra y en todas las Diócesis de España.
No puedo pasar por alto al gran grupo de amigos que celebran el 40 aniversario de su Asociación y son los miembros de ASPACE. Ellos mismos dicen que la “Javierada es un símbolo y signo de itinerario vital de las personas con discapacidad”. Les felicitamos y deseamos que vivan la fraternidad expresión viva del amor que Dios nos regala. A los pies de la Virgen ponemos todas estas ilusiones, todos estos ideales para que Ella los presente ante su Hijo y ante el trono de Dios.
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