sábado, 26 de febrero de 2011
7ª semana. Sábado
CON LA SENCILLEZ DE LOS NIÑOS
— Infancia espiritual y sencillez.
— Manifestaciones de piedad y de naturalidad cristiana.
— Para ser sencillos.
I. En diversas ocasiones relata el Evangelio cómo los niños se acercaban a Jesús, quien los acogía, los bendecía y los mostraba como ejemplo a sus discípulos. Hoy nos enseña una vez más la necesidad de hacernos como uno de aquellos pequeños para entrar en su Reino: En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos1.
En esos niños que Jesús abraza y bendice están representados no solo todos los niños del mundo, sino también todos los hombres, a quienes el Señor indica cómo deben «recibir» el Reino de Dios.
Jesús ilustra de una manera gráfica la doctrina esencial de la filiación divina: Dios es nuestro Padre y nosotros sus hijos; nuestro comportamiento se resume en saber hacer realidad la relación que tiene un buen hijo con un buen padre. Ese espíritu de filiación divina lleva consigo el sentido de dependencia del Padre del Cielo y el abandono confiado en su providencia amorosa, igual que un niño confía en su padre; la humildad de reconocer que por nosotros nada podemos; la sencillez y la sinceridad, que nos mueve a mostrarnos tal como somos2.
Volverse interiormente como niños, siendo personas mayores, puede ser tarea costosa: requiere reciedumbre y fortaleza en la voluntad, y un gran abandono en Dios. «La infancia espiritual no es memez espiritual, ni “blandenguería”: es camino cuerdo y recio que, por su difícil facilidad, el alma ha de comenzar y seguir llevada de la mano de Dios»3. El cristiano decidido a vivir la infancia espiritual practica con más facilidad la caridad, porque «el niño es una criatura que no guarda rencor, ni conoce el fraude, ni se atreve a engañar. El cristiano, como el niño pequeño, no se aíra si es insultado (...), no se venga si es maltratado. Más aún: el Señor le exige que ore por sus enemigos, que deje la túnica y el manto a los que se lo llevan, que presente la otra mejilla a quien le abofetea (cfr. Mt 5, 40)»4. El niño olvida con facilidad y no almacena los agravios. El niño no tiene penas.
La infancia espiritual conserva siempre un amor joven, porque la sencillez impide retener en el corazón las experiencias negativas. «¡Has rejuvenecido! Efectivamente, adviertes que el trato con Dios te ha devuelto en poco tiempo a la época sencilla y feliz de la juventud, incluso a la seguridad y gozo –sin niñadas– de la infancia espiritual... Miras a tu alrededor, y compruebas que a los demás les sucede otro tanto: transcurren los años desde su encuentro con el Señor y, con la madurez, se robustecen una juventud y una alegría indelebles; no están jóvenes: ¡son jóvenes y alegres!
»Esta realidad de la vida interior atrae, confirma y subyuga a las almas. Agradéceselo diariamente “ad Deum qui laetificat iuventutem” —al Dios que llena de alegría tu juventu»5. Verdaderamente, el Señor alegra nuestra juventud perenne en los comienzos y en los años de la madurez o de la edad avanzada. Dios es siempre la mayor alegría de la vida, si vivimos delante de Él como hijos, como hijos pequeños siempre necesitados.
II. La filiación divina engendra devociones sencillas, pequeñas obras de obsequio a Dios Nuestro Padre, porque un alma llena de amor no puede permanecer inactiva6. Es el cristiano, que ha necesitado de toda la fortaleza para hacerse niño, quien puede dar su verdadero sentido a las devociones pequeñas. Cada uno ha de tener «piedad de niños y doctrina de teólogos», solía decir San Josemaría Escrivá. La formación doctrinal sólida ayuda a dar sentido a la mirada que dirigimos hacia una imagen de Nuestra Señora y a convertir esa mirada en un acto de amor, o a besar un crucifijo, y a no permanecer indiferente ante una escena del Vía Crucis. Es la piedad recia y honda, amor verdadero, que necesita expresarse de alguna forma. Dios nos mira entonces complacido, como el padre mira al hijo pequeño, a quien quiere más que a todos los negocios del mundo.
La fe sencilla y profunda lleva a manifestaciones concretas de piedad, colectivas o personales, que tienen una razón de ser humana y divina. A veces, son costumbres piadosas del pueblo cristiano que nos han transmitido nuestros mayores en la intimidad del hogar y en el seno de la Iglesia. Junto al deseo de mejorar más y más la personal formación doctrinal –la más profunda que podamos adquirir en nuestras circunstancias personales–, hemos de vivir con amor esos detalles sencillos de piedad que nos hemos inventado nosotros o que han servido, durante muchas generaciones, para amar a Dios a tantas gentes diversas, que agradaron a Dios porque se hicieron como niños. Así, desde los orígenes de la Iglesia ha sido costumbre adornar con flores los altares y las imágenes santas, besar el crucifijo o el rosario, tomar agua bendita y santiguarse...
En algunos lugares, al no apreciarlas como manifestaciones de amor, algunos rechazan estas piadosas y sencillas costumbres del pueblo cristiano, que consideran equivocadamente propias de un «cristiano infantil». Han olvidado estas palabras del Señor: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él; no quieren tener presente que delante de Dios siempre somos como hijos pequeños y necesitados, y que en la vida humana el amor se expresa frecuentemente en detalles de escaso relieve. Estas muestras de afecto, observadas desde fuera, sin amor y sin comprensión, con crítica objetividad, carecerían de sentido. Sin embargo, ¡cuántas veces se habrá conmovido el Señor por la oración de los niños y de los que por amor se hacen como ellos!
Los Hechos de los Apóstoles han dejado constancia de cómo los primeros cristianos alumbraban con abundantes luces las salas donde celebraban la Sagrada Eucaristía7, y gustaban de encender sobre los sepulcros de los mártires lamparillas de aceite hasta que se consumían. San Jerónimo elogia de este modo a un buen sacerdote: «Adornaba las basílicas y capillas de los mártires con variedad de flores, ramaje de árboles y pámpanos de viñas, de suerte que todo lo que agradaba en la iglesia, ya fuera por su orden o por su gracia, era testimonio del trabajo y fervor del presbítero»8. Son pequeñas manifestaciones externas de piedad, apropiadas a la naturaleza humana, que necesita de las cosas sensibles para dirigirse a Dios y expresarle adecuadamente sus necesidades y deseos.
Otras veces la sencillez tendrá manifestaciones de audacia: cuando estamos recogidos en la oración, o cuando caminamos por la calle, podemos decirle al Señor cosas que no nos atreveríamos a decir –por pudor– delante de otras personas, porque pertenecen a la intimidad de nuestro trato. Sin embargo, es necesario que sepamos –y nos atrevamos– decirle a Él que le queremos, pero que nos haga más locos de Amor por Él...; que, si lo desea, estamos dispuestos a clavarnos más en la Cruz...; que le ofrecemos nuestra vida una vez más... Y esa audacia de la vida de infancia debe desembocar en propósitos concretos.
III. La sencillez es una de las principales manifestaciones de la infancia espiritual. Es el resultado de haber quedado inermes ante Dios, como el niño ante su padre, de quien depende y en quien confía. Delante de Dios no cabe el aparentar o el disimular los defectos o los errores que hayamos cometido, y también hemos de ser sencillos al abrir nuestra alma en la dirección espiritual personal, manifestando lo bueno, lo malo y lo dudoso que haya en nuestra vida.
Somos sencillos cuando mantenemos una recta intención en el amor al Señor. Esto nos lleva a buscar siempre y en todo el bien de Dios y de las almas, con voluntad fuerte y decidida. Si se busca a Dios, el alma no se enreda ni se complica inútilmente por dentro; no busca lo extraordinario; hace lo que debe, y procura hacerlo bien, de cara a Él. Habla con claridad: no se expresa con medias verdades, ni anda continuamente con restricciones mentales. No es ingenuo, pero tampoco suspicaz; es prudente, pero no receloso. En definitiva, vive la enseñanza del Maestro: Sed prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas9.
«Por este camino llegarás, amigo mío, a una gran intimidad con el Señor: aprenderás a llamar a Jesús por su nombre y a amar mucho el recogimiento. La disipación, la frivolidad, la superficialidad y la tibieza desaparecerán de tu vida. Serás amigo de Dios: y en tu recogimiento, en tu intimidad, gozarás al considerar aquellas frases de la Escritura: Loquebatur Deus ad Moysem facie ad faciem, sicut solet loqui homo ad amicum suum. Dios hablaba a Moisés cara a cara, como suele hablar un hombre con su amigo»10. Oración que se expresa a lo largo del día en actos de amor y de desagravio, en acciones de gracias, en jaculatorias a la Virgen, a San José, al Ángel Custodio...
Nuestra Señora nos enseña a tratar al Hijo de Dios, su Hijo, dejando a un lado las fórmulas rebuscadas. Nos resulta fácil imaginarla preparando la comida, barriendo la casa, cuidando de la ropa... Y en medio de estas tareas se dirigirá a Jesús con confianza, con delicado respeto, ¡pues bien sabía Ella que era el Hijo del Altísimo!, y con inmenso amor. Le exponía sus necesidades o las de otros (¡No tienen vino!, le dirá en la boda de aquellos amigos o parientes de Caná), le cuidaba, le prestaba los pequeños servicios que se dan en la convivencia diaria, le miraba, pensaba en Él..., y todo eso era perfecta oración.
Nosotros necesitamos manifestar a Dios nuestro amor. Lo expresaremos en muchos momentos a través de la Santa Misa, de las oraciones que la Iglesia nos propone en la liturgia..., o a través de una visita de pocos minutos mientras transcurre el ajetreo diario, o colocando unas flores a los pies de una imagen de María, Madre de Dios y Madre nuestra. Pidámosle hoy que nos dé un corazón sencillo y lleno de amor para tratar a su Hijo, que aprendamos de los niños, que con tanta confianza se dirigen a sus padres y a las personas que quieren.
1 Mc 10, 13-16. — 2 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, nota a Mc 10, 13-26. — 3 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 855. — 4 San Máximo de Turín, Homilía 58. — 5 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 79. — 6 Cfr. Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma, X, 41. — 7 Hech 20, 7-8. — 8 San Jerónimo, Epístola 60, 12. — 9 Mt 10, 16. — 10 S. Canals, Ascética Meditada, p. 145.
† Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo nos ha autorizado a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución.
CON LA SENCILLEZ DE LOS NIÑOS
— Infancia espiritual y sencillez.
— Manifestaciones de piedad y de naturalidad cristiana.
— Para ser sencillos.
I. En diversas ocasiones relata el Evangelio cómo los niños se acercaban a Jesús, quien los acogía, los bendecía y los mostraba como ejemplo a sus discípulos. Hoy nos enseña una vez más la necesidad de hacernos como uno de aquellos pequeños para entrar en su Reino: En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos1.
En esos niños que Jesús abraza y bendice están representados no solo todos los niños del mundo, sino también todos los hombres, a quienes el Señor indica cómo deben «recibir» el Reino de Dios.
Jesús ilustra de una manera gráfica la doctrina esencial de la filiación divina: Dios es nuestro Padre y nosotros sus hijos; nuestro comportamiento se resume en saber hacer realidad la relación que tiene un buen hijo con un buen padre. Ese espíritu de filiación divina lleva consigo el sentido de dependencia del Padre del Cielo y el abandono confiado en su providencia amorosa, igual que un niño confía en su padre; la humildad de reconocer que por nosotros nada podemos; la sencillez y la sinceridad, que nos mueve a mostrarnos tal como somos2.
Volverse interiormente como niños, siendo personas mayores, puede ser tarea costosa: requiere reciedumbre y fortaleza en la voluntad, y un gran abandono en Dios. «La infancia espiritual no es memez espiritual, ni “blandenguería”: es camino cuerdo y recio que, por su difícil facilidad, el alma ha de comenzar y seguir llevada de la mano de Dios»3. El cristiano decidido a vivir la infancia espiritual practica con más facilidad la caridad, porque «el niño es una criatura que no guarda rencor, ni conoce el fraude, ni se atreve a engañar. El cristiano, como el niño pequeño, no se aíra si es insultado (...), no se venga si es maltratado. Más aún: el Señor le exige que ore por sus enemigos, que deje la túnica y el manto a los que se lo llevan, que presente la otra mejilla a quien le abofetea (cfr. Mt 5, 40)»4. El niño olvida con facilidad y no almacena los agravios. El niño no tiene penas.
La infancia espiritual conserva siempre un amor joven, porque la sencillez impide retener en el corazón las experiencias negativas. «¡Has rejuvenecido! Efectivamente, adviertes que el trato con Dios te ha devuelto en poco tiempo a la época sencilla y feliz de la juventud, incluso a la seguridad y gozo –sin niñadas– de la infancia espiritual... Miras a tu alrededor, y compruebas que a los demás les sucede otro tanto: transcurren los años desde su encuentro con el Señor y, con la madurez, se robustecen una juventud y una alegría indelebles; no están jóvenes: ¡son jóvenes y alegres!
»Esta realidad de la vida interior atrae, confirma y subyuga a las almas. Agradéceselo diariamente “ad Deum qui laetificat iuventutem” —al Dios que llena de alegría tu juventu»5. Verdaderamente, el Señor alegra nuestra juventud perenne en los comienzos y en los años de la madurez o de la edad avanzada. Dios es siempre la mayor alegría de la vida, si vivimos delante de Él como hijos, como hijos pequeños siempre necesitados.
II. La filiación divina engendra devociones sencillas, pequeñas obras de obsequio a Dios Nuestro Padre, porque un alma llena de amor no puede permanecer inactiva6. Es el cristiano, que ha necesitado de toda la fortaleza para hacerse niño, quien puede dar su verdadero sentido a las devociones pequeñas. Cada uno ha de tener «piedad de niños y doctrina de teólogos», solía decir San Josemaría Escrivá. La formación doctrinal sólida ayuda a dar sentido a la mirada que dirigimos hacia una imagen de Nuestra Señora y a convertir esa mirada en un acto de amor, o a besar un crucifijo, y a no permanecer indiferente ante una escena del Vía Crucis. Es la piedad recia y honda, amor verdadero, que necesita expresarse de alguna forma. Dios nos mira entonces complacido, como el padre mira al hijo pequeño, a quien quiere más que a todos los negocios del mundo.
La fe sencilla y profunda lleva a manifestaciones concretas de piedad, colectivas o personales, que tienen una razón de ser humana y divina. A veces, son costumbres piadosas del pueblo cristiano que nos han transmitido nuestros mayores en la intimidad del hogar y en el seno de la Iglesia. Junto al deseo de mejorar más y más la personal formación doctrinal –la más profunda que podamos adquirir en nuestras circunstancias personales–, hemos de vivir con amor esos detalles sencillos de piedad que nos hemos inventado nosotros o que han servido, durante muchas generaciones, para amar a Dios a tantas gentes diversas, que agradaron a Dios porque se hicieron como niños. Así, desde los orígenes de la Iglesia ha sido costumbre adornar con flores los altares y las imágenes santas, besar el crucifijo o el rosario, tomar agua bendita y santiguarse...
En algunos lugares, al no apreciarlas como manifestaciones de amor, algunos rechazan estas piadosas y sencillas costumbres del pueblo cristiano, que consideran equivocadamente propias de un «cristiano infantil». Han olvidado estas palabras del Señor: quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él; no quieren tener presente que delante de Dios siempre somos como hijos pequeños y necesitados, y que en la vida humana el amor se expresa frecuentemente en detalles de escaso relieve. Estas muestras de afecto, observadas desde fuera, sin amor y sin comprensión, con crítica objetividad, carecerían de sentido. Sin embargo, ¡cuántas veces se habrá conmovido el Señor por la oración de los niños y de los que por amor se hacen como ellos!
Los Hechos de los Apóstoles han dejado constancia de cómo los primeros cristianos alumbraban con abundantes luces las salas donde celebraban la Sagrada Eucaristía7, y gustaban de encender sobre los sepulcros de los mártires lamparillas de aceite hasta que se consumían. San Jerónimo elogia de este modo a un buen sacerdote: «Adornaba las basílicas y capillas de los mártires con variedad de flores, ramaje de árboles y pámpanos de viñas, de suerte que todo lo que agradaba en la iglesia, ya fuera por su orden o por su gracia, era testimonio del trabajo y fervor del presbítero»8. Son pequeñas manifestaciones externas de piedad, apropiadas a la naturaleza humana, que necesita de las cosas sensibles para dirigirse a Dios y expresarle adecuadamente sus necesidades y deseos.
Otras veces la sencillez tendrá manifestaciones de audacia: cuando estamos recogidos en la oración, o cuando caminamos por la calle, podemos decirle al Señor cosas que no nos atreveríamos a decir –por pudor– delante de otras personas, porque pertenecen a la intimidad de nuestro trato. Sin embargo, es necesario que sepamos –y nos atrevamos– decirle a Él que le queremos, pero que nos haga más locos de Amor por Él...; que, si lo desea, estamos dispuestos a clavarnos más en la Cruz...; que le ofrecemos nuestra vida una vez más... Y esa audacia de la vida de infancia debe desembocar en propósitos concretos.
III. La sencillez es una de las principales manifestaciones de la infancia espiritual. Es el resultado de haber quedado inermes ante Dios, como el niño ante su padre, de quien depende y en quien confía. Delante de Dios no cabe el aparentar o el disimular los defectos o los errores que hayamos cometido, y también hemos de ser sencillos al abrir nuestra alma en la dirección espiritual personal, manifestando lo bueno, lo malo y lo dudoso que haya en nuestra vida.
Somos sencillos cuando mantenemos una recta intención en el amor al Señor. Esto nos lleva a buscar siempre y en todo el bien de Dios y de las almas, con voluntad fuerte y decidida. Si se busca a Dios, el alma no se enreda ni se complica inútilmente por dentro; no busca lo extraordinario; hace lo que debe, y procura hacerlo bien, de cara a Él. Habla con claridad: no se expresa con medias verdades, ni anda continuamente con restricciones mentales. No es ingenuo, pero tampoco suspicaz; es prudente, pero no receloso. En definitiva, vive la enseñanza del Maestro: Sed prudentes como las serpientes y sencillos como las palomas9.
«Por este camino llegarás, amigo mío, a una gran intimidad con el Señor: aprenderás a llamar a Jesús por su nombre y a amar mucho el recogimiento. La disipación, la frivolidad, la superficialidad y la tibieza desaparecerán de tu vida. Serás amigo de Dios: y en tu recogimiento, en tu intimidad, gozarás al considerar aquellas frases de la Escritura: Loquebatur Deus ad Moysem facie ad faciem, sicut solet loqui homo ad amicum suum. Dios hablaba a Moisés cara a cara, como suele hablar un hombre con su amigo»10. Oración que se expresa a lo largo del día en actos de amor y de desagravio, en acciones de gracias, en jaculatorias a la Virgen, a San José, al Ángel Custodio...
Nuestra Señora nos enseña a tratar al Hijo de Dios, su Hijo, dejando a un lado las fórmulas rebuscadas. Nos resulta fácil imaginarla preparando la comida, barriendo la casa, cuidando de la ropa... Y en medio de estas tareas se dirigirá a Jesús con confianza, con delicado respeto, ¡pues bien sabía Ella que era el Hijo del Altísimo!, y con inmenso amor. Le exponía sus necesidades o las de otros (¡No tienen vino!, le dirá en la boda de aquellos amigos o parientes de Caná), le cuidaba, le prestaba los pequeños servicios que se dan en la convivencia diaria, le miraba, pensaba en Él..., y todo eso era perfecta oración.
Nosotros necesitamos manifestar a Dios nuestro amor. Lo expresaremos en muchos momentos a través de la Santa Misa, de las oraciones que la Iglesia nos propone en la liturgia..., o a través de una visita de pocos minutos mientras transcurre el ajetreo diario, o colocando unas flores a los pies de una imagen de María, Madre de Dios y Madre nuestra. Pidámosle hoy que nos dé un corazón sencillo y lleno de amor para tratar a su Hijo, que aprendamos de los niños, que con tanta confianza se dirigen a sus padres y a las personas que quieren.
1 Mc 10, 13-16. — 2 Cfr. Sagrada Biblia, Santos Evangelios, EUNSA, Pamplona 1983, nota a Mc 10, 13-26. — 3 San Josemaría Escrivá, Camino, n. 855. — 4 San Máximo de Turín, Homilía 58. — 5 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 79. — 6 Cfr. Santa Teresa de Lisieux, Historia de un alma, X, 41. — 7 Hech 20, 7-8. — 8 San Jerónimo, Epístola 60, 12. — 9 Mt 10, 16. — 10 S. Canals, Ascética Meditada, p. 145.
† Nota: Ediciones Palabra (poseedora de los derechos de autor) sólo nos ha autorizado a difundir la meditación diaria a usuarios concretos para su uso personal, y no desea su distribución por fotocopias u otras formas de distribución.
miércoles, 23 de febrero de 2011
lunes, 21 de febrero de 2011
Meditación de ayer de Hablar con Dios
Séptimo Domingo
ciclo a
TRATAR BIEN A TODOS
— Debemos vivir la caridad en toda ocasión y circunstancia. Comprensión para quienes están en el error, pero firmeza ante la verdad y el bien.
— Caridad con quienes no nos aprecian, con quienes calumnian y difaman, con quienes se sienten enemigos..., con todos. Oración por ellos.
— La caridad nos lleva a vivir la amistad con un hondo sentido cristiano.
I. Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo... al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también la capa; a quien te fuerce a andar una milla, ve con él dos... Son palabras de Jesús en el Evangelio de la Misa1, que nos invitan a vivir la caridad más allá de los criterios de los hombres. Ciertamente, en el trato con los demás no podemos ser ingenuos y hemos de vivir la justicia –también para exigir los propios derechos– y la prudencia, pero no debe parecernos excesiva cualquier renuncia o sacrificio en bien de otros. Así nos asemejamos a Cristo que, con su muerte en la Cruz, nos dio un ejemplo de amor por encima de toda medida humana.
Nada tiene el hombre tan divino –tan de Cristo– como la mansedumbre y la paciencia para hacer el bien2. «Busquemos aquellas virtudes –nos aconseja San Juan Crisóstomo– que, junto con nuestra salvación, aprovechan principalmente al prójimo... En lo terreno, nadie vive para sí mismo; el artesano, el soldado, el labrador, el comerciante, todos sin excepción contribuyen al bien común y al provecho del prójimo. Con mayor razón en lo espiritual, porque este es el vivir verdadero. El que solo vive para sí y desprecia a los demás es un ser inútil, no es hombre, no pertenece a nuestro linaje»3.
Las múltiples llamadas del Señor –y especialmente su mandamiento nuevo4– para vivir en todo momento la caridad han de estimularnos a seguirle de cerca con hechos concretos, buscando la ocasión de ser útiles, de proporcionar alegrías a quienes están a nuestro lado, sabiendo que nunca adelantaremos lo suficiente en esta virtud. En la mayoría de los casos se concretará solo en pequeños detalles, en algo tan simple como una sonrisa, una palabra de aliento, un gesto amable... Todo esto es grande a los ojos de Dios, y nos acerca mucho a Él. Al mismo tiempo, consideramos hoy en nuestra oración todos esos aspectos en los que, si no estamos vigilantes, sería fácil faltar a la caridad: juicios precipitados, crítica negativa, falta de consideración con las personas por ir demasiado ocupados en algún asunto propio, olvidos... No es norma del cristiano el ojo por ojo y diente por diente, sino la de hacer continuamente el bien aunque, en ocasiones, no obtengamos aquí en la tierra ningún provecho humano. Siempre se habrá enriquecido nuestro corazón.
La caridad nos lleva a comprender, a disculpar, a convivir con todos, de modo que «quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa deben ser también objeto de nuestro respeto y de nuestro aprecio (...).
«Esta caridad y esta benignidad en modo alguno deben convertirse en indiferencia ante la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad que salva. Pero es necesario distinguir entre el error, que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en materia religiosa»5. «Un discípulo de Cristo jamás tratará mal a persona alguna; al error le llama error, pero al que está equivocado le debe corregir con afecto; si no, no le podrá ayudar, no le podrá santificar»6, y esa es la mayor muestra de amor y de caridad.
II. El precepto de la caridad no se extiende solo a quienes nos quieren y nos tratan bien, sino a todos, sin excepción. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian.
También, si alguna vez nos sucede, debemos vivir la caridad con quienes nos hacen mal, con los que nos difaman y quitan la honra, con quienes buscan positivamente perjudicarnos. El Señor nos dio ejemplo en la Cruz7, y el mismo camino del Maestro siguieron sus discípulos8. Él nos enseñó a no tener enemigos personales –como han atestiguado con heroísmo los santos de todas las épocas– y a considerar el pecado como el único mal verdadero. La caridad adquirirá diversas manifestaciones que no están reñidas con la prudencia y la defensa justa, con la proclamación de la verdad ante la difamación, y con la firmeza en defensa del bien y de los legítimos intereses propios o del prójimo, y de los derechos de la Iglesia. Pero el cristiano ha de tener siempre un corazón grande para respetar a todos, incluso a los que se manifiestan como enemigos, «no porque son hermanos –señala San Agustín–, sino para que lo sean; para andar siempre con amor fraterno hacia el que ya es hermano y hacia el que se manifiesta como enemigo, para que venga a ser hermano»9.
Esta manera de actuar, que supone una honda vida de oración, nos distingue claramente de los paganos y de quienes de hecho no quieren vivir como discípulos de Cristo. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen también lo mismo los paganos? La fe cristiana pide no solo un comportamiento humano recto, sino virtudes heroicas, que se ponen de manifiesto en el vivir ordinario.
También, con la ayuda de la gracia, viviremos la caridad con quienes no se comportan como hijos de Dios, con los que le ofenden, porque «ningún pecador, en cuanto tal, es digno de amor, pero todo hombre, en cuanto tal, es amable por Dios»10. Todos siguen siendo hijos de Dios y capaces de convertirse y alcanzar la gloria eterna. La caridad nos impulsará a la oración, a la ejemplaridad, al apostolado, a la corrección fraterna, confiando en que todo hombre es capaz de rectificar sus errores. Si alguna vez son particularmente dolorosas las ofensas, las injurias, las calumnias, pediremos ayuda a Nuestra Señora, a la que, en muchas ocasiones, hemos contemplado al pie de la Cruz, sintiendo muy de cerca aquellas infamias contra su Hijo: y gran parte de aquellas injurias, no lo olvidemos, eran nuestras. Nos dolerán más por la ofensa a Dios que significan, y por el daño que pueden causar a otras personas, y nos moverán a desagraviar al Señor y a reparar en lo que esté en nuestras manos.
III. El corazón del cristiano ha de ser grande. Evidentemente, su caridad debe ser ordenada y, en consecuencia, ha de comenzar a vivirla con los más próximos, con aquellas personas que, por voluntad de Dios, están a su alrededor; sin embargo, nuestro aprecio y afecto nunca puede ser excluyente o limitarse a ámbitos reducidos. No quiere el Señor un apostolado de tan cortos horizontes.
La unión con Dios que procuramos hacer fructificar con su gracia en nuestra conducta nos debe llevar a tener presente la dimensión entrañablemente humana del apostolado. La actitud del cristiano, su convivencia con todos, debe parecerse a un generoso caudal de cariño sobrenatural y cordialidad humana, procurando superar la tendencia al egoísmo, a quedarse en sus cosas.
En nuestra oración personal pedimos al Señor que nos ensanche el corazón; que nos ayude a ofrecer sinceramente a más personas nuestra amistad; que nos impulse a hacer apostolado con cada uno, aunque no seamos correspondidos, aunque sea necesario a menudo enterrar nuestro propio yo, ceder en el propio punto de vista o en un gusto personal. La amistad leal incluye un esfuerzo positivo –que mantendremos en el trato asiduo con Jesucristo– «por comprender las convicciones de nuestros amigos, aunque no lleguemos a compartirlas, ni a aceptarlas»11 porque no puedan conciliarse con nuestras convicciones de cristianos.
El Señor no deja de perdonar nuestras ofensas siempre que volvemos a Él movidos por su gracia; tiene paciencia infinita con nuestras mezquindades y errores; por eso, nos pide –así nos lo ha enseñado en el Padrenuestro de modo expreso– que tengamos paciencia ante situaciones y circunstancias que dificultan acercarse a Dios a personas, conocidos o amigos, que encontramos a nuestro paso. La falta de formación y la ignorancia de la doctrina, los defectos patentes, incluso una aparente indiferencia, no han de apartarnos de esas personas, sino que han de ser para nosotros llamadas positivas, apremiantes, luces que señalan una mayor necesidad de ayuda espiritual en quienes los padecen: han de ser estímulo para intensificar nuestro interés por ellos, por cada uno. Nunca motivo para alejarnos.
Formulemos un propósito concreto que nos acerque a los parientes, amigos y conocidos que más lo necesitan, y pidamos gracias a la Santísima Virgen para llevarlo a cabo.
1 Mt 5, 38-48. — 2 Cfr. San Gregorio Nacianceno, Oración 17, 9. — 3 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 77, 6. — 4 Cfr. Jn 13, 34-35; 15, 12. — 5 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 28. — 6 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 9. — 7 Cfr. Lc 23, 34. — 8 Cfr. Hech 7, 60. — 9 San Agustín, Comentario a la 1ª Epístola de San Juan, 4, 10, 7. — 10 ídem, Sobre la doctrina cristiana, 1, 27. — 11 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 746.
Séptimo Domingo
ciclo a
TRATAR BIEN A TODOS
— Debemos vivir la caridad en toda ocasión y circunstancia. Comprensión para quienes están en el error, pero firmeza ante la verdad y el bien.
— Caridad con quienes no nos aprecian, con quienes calumnian y difaman, con quienes se sienten enemigos..., con todos. Oración por ellos.
— La caridad nos lleva a vivir la amistad con un hondo sentido cristiano.
I. Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo... al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también la capa; a quien te fuerce a andar una milla, ve con él dos... Son palabras de Jesús en el Evangelio de la Misa1, que nos invitan a vivir la caridad más allá de los criterios de los hombres. Ciertamente, en el trato con los demás no podemos ser ingenuos y hemos de vivir la justicia –también para exigir los propios derechos– y la prudencia, pero no debe parecernos excesiva cualquier renuncia o sacrificio en bien de otros. Así nos asemejamos a Cristo que, con su muerte en la Cruz, nos dio un ejemplo de amor por encima de toda medida humana.
Nada tiene el hombre tan divino –tan de Cristo– como la mansedumbre y la paciencia para hacer el bien2. «Busquemos aquellas virtudes –nos aconseja San Juan Crisóstomo– que, junto con nuestra salvación, aprovechan principalmente al prójimo... En lo terreno, nadie vive para sí mismo; el artesano, el soldado, el labrador, el comerciante, todos sin excepción contribuyen al bien común y al provecho del prójimo. Con mayor razón en lo espiritual, porque este es el vivir verdadero. El que solo vive para sí y desprecia a los demás es un ser inútil, no es hombre, no pertenece a nuestro linaje»3.
Las múltiples llamadas del Señor –y especialmente su mandamiento nuevo4– para vivir en todo momento la caridad han de estimularnos a seguirle de cerca con hechos concretos, buscando la ocasión de ser útiles, de proporcionar alegrías a quienes están a nuestro lado, sabiendo que nunca adelantaremos lo suficiente en esta virtud. En la mayoría de los casos se concretará solo en pequeños detalles, en algo tan simple como una sonrisa, una palabra de aliento, un gesto amable... Todo esto es grande a los ojos de Dios, y nos acerca mucho a Él. Al mismo tiempo, consideramos hoy en nuestra oración todos esos aspectos en los que, si no estamos vigilantes, sería fácil faltar a la caridad: juicios precipitados, crítica negativa, falta de consideración con las personas por ir demasiado ocupados en algún asunto propio, olvidos... No es norma del cristiano el ojo por ojo y diente por diente, sino la de hacer continuamente el bien aunque, en ocasiones, no obtengamos aquí en la tierra ningún provecho humano. Siempre se habrá enriquecido nuestro corazón.
La caridad nos lleva a comprender, a disculpar, a convivir con todos, de modo que «quienes sienten u obran de modo distinto al nuestro en materia social, política e incluso religiosa deben ser también objeto de nuestro respeto y de nuestro aprecio (...).
«Esta caridad y esta benignidad en modo alguno deben convertirse en indiferencia ante la verdad y el bien. Más aún, la propia caridad exige el anuncio a todos los hombres de la verdad que salva. Pero es necesario distinguir entre el error, que siempre debe ser rechazado, y el hombre que yerra, el cual conserva la dignidad de la persona incluso cuando está desviado por ideas falsas o insuficientes en materia religiosa»5. «Un discípulo de Cristo jamás tratará mal a persona alguna; al error le llama error, pero al que está equivocado le debe corregir con afecto; si no, no le podrá ayudar, no le podrá santificar»6, y esa es la mayor muestra de amor y de caridad.
II. El precepto de la caridad no se extiende solo a quienes nos quieren y nos tratan bien, sino a todos, sin excepción. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian.
También, si alguna vez nos sucede, debemos vivir la caridad con quienes nos hacen mal, con los que nos difaman y quitan la honra, con quienes buscan positivamente perjudicarnos. El Señor nos dio ejemplo en la Cruz7, y el mismo camino del Maestro siguieron sus discípulos8. Él nos enseñó a no tener enemigos personales –como han atestiguado con heroísmo los santos de todas las épocas– y a considerar el pecado como el único mal verdadero. La caridad adquirirá diversas manifestaciones que no están reñidas con la prudencia y la defensa justa, con la proclamación de la verdad ante la difamación, y con la firmeza en defensa del bien y de los legítimos intereses propios o del prójimo, y de los derechos de la Iglesia. Pero el cristiano ha de tener siempre un corazón grande para respetar a todos, incluso a los que se manifiestan como enemigos, «no porque son hermanos –señala San Agustín–, sino para que lo sean; para andar siempre con amor fraterno hacia el que ya es hermano y hacia el que se manifiesta como enemigo, para que venga a ser hermano»9.
Esta manera de actuar, que supone una honda vida de oración, nos distingue claramente de los paganos y de quienes de hecho no quieren vivir como discípulos de Cristo. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen también lo mismo los paganos? La fe cristiana pide no solo un comportamiento humano recto, sino virtudes heroicas, que se ponen de manifiesto en el vivir ordinario.
También, con la ayuda de la gracia, viviremos la caridad con quienes no se comportan como hijos de Dios, con los que le ofenden, porque «ningún pecador, en cuanto tal, es digno de amor, pero todo hombre, en cuanto tal, es amable por Dios»10. Todos siguen siendo hijos de Dios y capaces de convertirse y alcanzar la gloria eterna. La caridad nos impulsará a la oración, a la ejemplaridad, al apostolado, a la corrección fraterna, confiando en que todo hombre es capaz de rectificar sus errores. Si alguna vez son particularmente dolorosas las ofensas, las injurias, las calumnias, pediremos ayuda a Nuestra Señora, a la que, en muchas ocasiones, hemos contemplado al pie de la Cruz, sintiendo muy de cerca aquellas infamias contra su Hijo: y gran parte de aquellas injurias, no lo olvidemos, eran nuestras. Nos dolerán más por la ofensa a Dios que significan, y por el daño que pueden causar a otras personas, y nos moverán a desagraviar al Señor y a reparar en lo que esté en nuestras manos.
III. El corazón del cristiano ha de ser grande. Evidentemente, su caridad debe ser ordenada y, en consecuencia, ha de comenzar a vivirla con los más próximos, con aquellas personas que, por voluntad de Dios, están a su alrededor; sin embargo, nuestro aprecio y afecto nunca puede ser excluyente o limitarse a ámbitos reducidos. No quiere el Señor un apostolado de tan cortos horizontes.
La unión con Dios que procuramos hacer fructificar con su gracia en nuestra conducta nos debe llevar a tener presente la dimensión entrañablemente humana del apostolado. La actitud del cristiano, su convivencia con todos, debe parecerse a un generoso caudal de cariño sobrenatural y cordialidad humana, procurando superar la tendencia al egoísmo, a quedarse en sus cosas.
En nuestra oración personal pedimos al Señor que nos ensanche el corazón; que nos ayude a ofrecer sinceramente a más personas nuestra amistad; que nos impulse a hacer apostolado con cada uno, aunque no seamos correspondidos, aunque sea necesario a menudo enterrar nuestro propio yo, ceder en el propio punto de vista o en un gusto personal. La amistad leal incluye un esfuerzo positivo –que mantendremos en el trato asiduo con Jesucristo– «por comprender las convicciones de nuestros amigos, aunque no lleguemos a compartirlas, ni a aceptarlas»11 porque no puedan conciliarse con nuestras convicciones de cristianos.
El Señor no deja de perdonar nuestras ofensas siempre que volvemos a Él movidos por su gracia; tiene paciencia infinita con nuestras mezquindades y errores; por eso, nos pide –así nos lo ha enseñado en el Padrenuestro de modo expreso– que tengamos paciencia ante situaciones y circunstancias que dificultan acercarse a Dios a personas, conocidos o amigos, que encontramos a nuestro paso. La falta de formación y la ignorancia de la doctrina, los defectos patentes, incluso una aparente indiferencia, no han de apartarnos de esas personas, sino que han de ser para nosotros llamadas positivas, apremiantes, luces que señalan una mayor necesidad de ayuda espiritual en quienes los padecen: han de ser estímulo para intensificar nuestro interés por ellos, por cada uno. Nunca motivo para alejarnos.
Formulemos un propósito concreto que nos acerque a los parientes, amigos y conocidos que más lo necesitan, y pidamos gracias a la Santísima Virgen para llevarlo a cabo.
1 Mt 5, 38-48. — 2 Cfr. San Gregorio Nacianceno, Oración 17, 9. — 3 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, 77, 6. — 4 Cfr. Jn 13, 34-35; 15, 12. — 5 Conc. Vat. II, Const. Gaudium et spes, 28. — 6 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 9. — 7 Cfr. Lc 23, 34. — 8 Cfr. Hech 7, 60. — 9 San Agustín, Comentario a la 1ª Epístola de San Juan, 4, 10, 7. — 10 ídem, Sobre la doctrina cristiana, 1, 27. — 11 San Josemaría Escrivá, Surco, n. 746.
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