lunes, 18 de febrero de 2013

Lecturas Lunes 18 de Febrero del 2013, Lunes de la 1ª semana de Cuaresma - Ciudad Redonda

Lecturas Lunes 18 de Febrero del 2013, Lunes de la 1ª semana de Cuaresma - Ciudad Redonda

Lecturas Lunes de la 1ª semana de Cuaresma

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Lunes 18 de Febrero del 2013
Primera lectura
Lectura del libro del Levítico (19,1-2.11-18):

El Señor habló a Moisés: «Habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: "Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. No robaréis ni defraudaréis ni engañaréis a ninguno de vuestro pueblo. No juraréis en falso por mi nombre, profanando el nombre de Dios. Yo soy el Señor. No explotarás a tu prójimo ni lo expropiarás. No dormirá contigo hasta el día siguiente el jornal del obrero. No maldecirás al sordo ni pondrás tropiezos al ciego. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor. No daréis sentencias injustas. No serás parcial ni por favorecer al pobre ni por honrar al rico. Juzga con justicia a tu conciudadano. No andarás con cuentos de aquí para allá, ni declararás en falso contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor. No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor."»

Palabra de Dios
Salmo
Sal 18,8.9.10.15

R/.
Tus palabras, Señor, son espíritu y vida

La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante. R/.

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. R/.

La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. R/.

Que te agraden las palabras de mi boca,
y llegue a tu presencia
el meditar de mi corazón,
Señor, roca mía, redentor mío. R/.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,31-46):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis." Y entonces dirá a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis." Entonces también éstos contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?" Y él replicará: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

Palabra del Señor
Primera lectura
Lectura del libro del Deuteronomio (26,4-10):

Dijo Moisés al pueblo: «El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios. Entonces tú dirás ante el Señor, tu Dios: "Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí, con unas pocas personas. Pero luego creció, hasta convertirse en una raza grande, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y portentos. Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado." Lo pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios.»

Palabra de Dios
Salmo
Sal 90,1-2.10-11.12-13.14-15

R/.
Está conmigo, Señor, en la tribulación

Tú que habitas al amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío,
Dios mío, confío en ti.» R/.

No se te acercará la desgracia,
ni la plaga llegará hasta tu tienda,
porque a sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos. R/.

Te llevarán en sus palmas,
para que tu pie no tropiece en la piedra;
caminarás sobre áspides y víboras,
pisotearás leones y dragones. R/.

«Se puso junto a mí: lo libraré;
lo protegeré porque conoce mi nombre,
me invocará y lo escucharé.
Con él estaré en la tribulación,
lo defenderé, lo glorificaré.» R/.
Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (10,8-13):

La Escritura dice: «La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón.» Se refiere a la palabra de la fe que os anunciamos. Porque, si tus labios profesan que Jesús es el Señor, y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación. Dice la Escritura: «Nadie que cree en él quedará defraudado.» Porque no hay distinción entre judío y griego; ya que uno mismo es el Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan. Pues «todo el que invoca el nombre del Señor se salvará.»

Palabra de Dios
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,1-13):

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre.
Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.»
Jesús le contestó: «Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre".»
Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mi, todo será tuyo.»
Jesús le contestó: «Está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto".»
Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: "Encargará a los ángeles que cuiden de ti", y también: "Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras".»
Jesús le contestó: «Está mandado: "No tentarás al Señor, tu Dios".»
Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

Palabra del Señor
Feria
Lo que hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis
LecturasComentario
LiturgiaCalendario
  • ''Ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino''
  • "Os conviene que yo me vaya": la audacia de un Papa "místico".
  • Meditación desde Buenafuene para el Miércoles de Ceniza.
  • Comentario Seglar al Evangelio del Domingo I de Cuaresma- 17 de Febrero de 2013
  • La oración somo salud y equilibrio.
  • Meditacion desde Buenafuente para el Jueves después de Ceniza (14/02/2013)
  • Meditación desde Buenafuente para el Viernes de Ceniza (15/02/2013)
  • Meditación desde Buenafuente para el Domingo I de Cuaresma (17/02/2013)
  • Meditacion desde Buenafuente para el Sábado después de Ceniza (16/02/2013)
  • La Madre del Señor (Lc 1,26-38)
    En el evangelio de hoy, Jesús nos recuerda que, en el último día seremos juzgados sobre el «amor». «Lo que no habéis hecho a uno de esos más pequeños y humildes que son hermanos míos, lo habéis negado a mí». Esta era ya la enseñanza del Levítico, libro del Antiguo Testamento.
    Sed santos, porque Yo el Señor, vuestro Dios, soy Santo.
    La selección de reglas morales que meditaremos empieza con esta solemne advertencia. Entre el hombre y Dios hay un cierto lazo. Dios no se desinteresa de la conducta del hombre.
    Jesús dirá: «sed perfectos como vuestro Padre es perfecto». De ese modo, Tú, Señor, te comprometes al servicio del desarrollo integral del hombre: Pones todo el peso de tu autoridad, todo tu señorío, toda su santidad, en la balanza... a fin de que las relaciones entre los hombres sean relaciones satisfactorias y justas.
    No hurtaréis... No mentiréis... No explotarás a tu prójimo... No cometerás injusticia.. No calumniarás... No habrá odio en tu corazón... No te vengarás... No guardarás rencor...
    No hay que leer a la ligera esas palabras. No hay que decir en seguida «Vamos, ¿por quién me tomas? ¡Eso no me concierne!»
    Se trata de examinar, más allá de las palabras, el estilo de mis relaciones con todas las personas que trato. «Robo». «Mentira». «Explotación»... Debo detenerme en cada una de esas palabras y preguntarme ¿cuál es mi forma, la mía, de incurrir en un «robo o hurto», en una «mentira», en una «explotación», etc.
    Yo soy el Señor.
    Este refrán viene repetido cuatro veces en el conjunto de esas reglas morales: Dios se hace el garante, el guardián, el Juez, de la calidad de nuestras relaciones humanas... el hecho que un hombre explote a otro hombre, no le deja indiferente, le encoleriza. Señor, ten piedad de nosotros.
    No explotarás a tu prójimo. No retendrás el salario del obrero hasta la mañana siguiente. No maldecirás a un sordo, ni pondrás un obstáculo delante de un ciego, sino que temerás a tu Dios: Yo soy el Señor. Dios, en particular se obstina en tomar partido por los humildes y los débiles... en ponerse del lado de los pobres. El último Sínodo de los obispos pide también a los católicos que presten particular atención «a las injusticias sin voz» a todos esos pobres que no llegan a ser oídos, ni a poder quejarse.
    ¿Nos sorprende oír esas reivindicaciones de «justicia social» en la misma boca de Dios? ¿Qué hacemos para oírlas, para tomar parte en ellas, con Dios?
    Amarás al prójimo como a ti mismo: Yo soy el Señor
    Estas palabras son la cima de todo ese pasaje. Después de los preceptos negativos, tenemos ese mandamiento que lo resume todo, y que abre nuevas exigencias. Porque, después de todo, uno puede sentirse exento, libre cuando «no ha hecho eso... o aquello». No he matado, ni he robado. Pero ¿se ha amado jamás suficientemente? Ayúdame, Señor, a amar, a amar sin cesar, a amar a todos...
    NOEL QUESSON
    PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 3
    PRIMERAS LECTURAS PARA ADVIENTO - NAVIDAD
    CUARESMA Y TIEMPO PASCUAL
    EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 102

    2.
    1. Levítico 1,1-2.11-18
    En el libro del Levítico, Moisés le presenta al pueblo de Israel un código de santidad, para que pueda estar a la altura de Dios, que es el todo Santo.
    Hay mandamientos que se refieren a Dios: no jurar en falso. Pero sobre todo se insiste en la caridad y la justicia con los demás. La enumeración es larga y afecta a aspectos de la vida que siguen teniendo vigencia también hoy: no robar, no engañar, no oprimir, no cometer injusticias en los juicios comprando a los jueces, no odiar, no guardar rencor. Hay dos detalles concretos muy significativos: no maldecir al sordo (aprovechando que no puede oir) y no poner tropiezos ante el ciego (que no puede ver).
    La consigna final es bien positiva: «amarás a tu prójimo como a ti mismo». Todo ello tiene una motivación: «yo soy el Señor». Dios quiere que seamos santos como él, que le honremos más con las obras que con los cantos y las palabras.
    El salmo nos hace profundizar en esta clave: «tus palabras, Señor, son espíritu y vida... los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón».
    2. Mateo 25,31-46
    Esta página casi final del evangelio de Mateo es sorprendente. Jesús mismo pone en labios de los protagonistas de su parábola, tanto buenos como malos, unas palabras de extrañeza: ¿cuándo te vimos enfermo y fuimos a verte? ¿cuándo te vimos con hambre y no te asistimos? Resulta que Cristo estaba durante todo el tiempo en la persona de nuestros hermanos: el mismo Jesús que en el día final será el pastor que divide a las ovejas de las cabras y el juez que evalúa nuestra actuación.
    Para la caridad que debemos tener hacia el prójimo Jesús da este motivo: él mismo se identifica con las personas que encontramos en nuestro camino.
    Hacemos o dejamos de hacer con él lo que hacemos o dejamos de hacer con los que nos rodean.
    Es una de las páginas más incómodas de todo el evangelio. Una página que se entiende demasiado. Y nosotros ya no podremos poner cara de extrañados o aducir que no lo sabíamos: ya nos lo ha avisado él.
    3. Desde los primeros compases del camino cuaresmal, se nos pone delante el compromiso del amor fraterno como la mejor preparación para participar de la Pascua de Cristo.
    Es un programa exigente. Tenemos que amar a nuestro prójimo: a nuestros familiares, a los que trabajan con nosotros, a los miembros de nuestra comunidad religiosa o parroquial, sobre todo a los más pobres y necesitados.
    Si la la lectura nos ponía una medida fuerte -amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos-, el evangelio nos lo motiva de un modo todavía más serio: «cada vez que lo hicisteis con ellos, conmigo lo hicisteis; cada vez que no lo hicisteis con uno de ellos, tampoco lo hicisteis conmigo». Tenemos que ir viendo a Jesús mismo en la persona del prójimo.
    Si la primera lectura urgía a no cometer injusticias o a no hacer mal al prójimo, la segunda va más allá: no se trata de no dañar, sino de hacer el bien. Ahora serán los pecados de omisión los que cuenten. El examen no será sobre si hemos robado, sino sobre si hemos visitado y atendido al enfermo. Se trata de un nivel de exigencia bastante mayor. Se nos decía: no odies. Ahora se nos dice: ayuda al que pasa hambre. Alguien ha dicho que tener un enfermo en casa es como tener el sagrario: pero entonces debe haber muchos «sagrarios abandonados».
    En la Eucaristía, con los ojos de la fe, no nos cuesta mucho descubrir a Cristo presente en el sacramento del pan y del vino. Nos cuesta más descubrirle fuera de misa, en el sacramento del hermano. Pues sobre esto va a versar la pregunta del examen final. Al Cristo a quien hemos escuchado y recibido en la misa, es al mismo a quien debemos servir en las personas con las que nos encontramos durante el día.
    Será la manera de preparar la Pascua de este año: «anhelar año tras año la solemnidad de la Pascua, dedicados con mayor entrega a la alabanza divina y al amor fraterno», (prefacio I de Cuaresma).
    Será también la manera de prepararnos a sacar buena nota en ese examen final. «Al atardecer de la vida, como lo expresó san Juan de la Cruz, seremos juzgadosí sobre el amor»: si hemos dado de comer, si hemos visitado al que estaba solo. Al final resultará que eso era lo único importante.
    «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (1ª lectura)
    «Tus palabras, Señor, son espíritu y vida» (salmo)
    «Estuve enfermo y me visitasteis» (evangelio)
    «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (evangelio)
    J. ALDAZABAL
    ENSÉÑAME TUS CAMINOS 2
    La Cuaresma día tras día
    Barcelona 1997. Pág. 28-30

    3.
    Este pasaje está narrado en forma de parábola. En un lenguaje pastoril, propio de aquel tiempo, nos describe el criterio que Jesús vino a establecer, en nombre de Dios su Padre, como guía para nuestra vida y juicio para nuestra conciencia. Una vez más, Jesús establece el amor y la preocupación por el hermano necesitado, como norma suprema de conducta. Los requisitos para acceder a la vida eterna pasan necesariamente por la participación en el proyecto de humanización que Dios nos propone. Y ese proyecto, ese camino de humanización consiste -como mostró Jesús en su palabra y en sus hechos- en la entrega de la propia vida en favor de los hermanos, especialmente -claro está- de los que más lo necesitan y de los que son víctimas de la injusticia. La parábola, en toda su solemnidad y pretensión de universalidad (el «juicio de las naciones») trata de expresar un principio también solemne y universal: el camino de la salvación pasa obligadamente por el hermano necesitado. O lo que es lo mismo: «el pobre es el único sacramento necesario y universal de salvación». No hay ningún otro sacramento ni universal ni necesario para la salvación.
    El escritor de este texto le entrega a la gente de su tiempo una narración viva, para que comprenda qué hechos va a tener en cuenta Dios con todo aquel que desee participar en la construcción del Reino. Lo que realmente plantea la parábola no es tanto la vida del «más allá», cuanto el camino que en el «más acá» debemos seguir para llevar a plenitud y salvar nuestra vida. Ese camino es precisamente el hermano, el hermano que tiene hambre, que tiene sed, que anda desnudo, o está preso, o enfermo... Esta letanía que la parábola ofrece, lógicamente, ha de ser alargada a la situación de cada momento histórico: ¿cuáles son hoy las formas modernas de pasar hambre, tener sed, estar desnudo...? ¿cuáles son hoy las enfermedades modernas y las prisiones nuevas que dejan al ser humano más postrado? Pues todas esas hay que entenderlas incluidas en la parábola de Mateo. Sólo entrando en comunión con el empobrecido, atendiéndolo cada vez que sea necesario y evitando toda injusticia, se tiene acceso a la «salvación», que empieza a construirse en esta vida. La vida cristiana requerirá entonces un serio compromiso que nos lleve a elaborar y a ejecutar proyectos que estén en concordancia con la comunión que pide Jesús para con el oprimido. La calidad humana de la gente que vaya a ejecutar tales programas será premiada de acuerdo al compromiso que establezcan con el hermano.
    SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO

    4. CLARETIANOS 2002
    Queridos amigos:

    Vivir es ver volver. Ver volver las estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno. Vivir es ver volver los tiempos sagrados: adviento, navidad, cuaresma, pascua. Este año, gracias a Dios, volvemos a ver la Cuaresma. ¿Qué tendríamos que hacer en este tiempo? Se nos invita a una devoción más fervorosa, a una resistencia santa contra el mal, a un estilo de vida más sincero, a un culto más puro, a una comunión más honda entre todos los que nos llamamos creyentes.
    Nos lo refiere la Iglesia en un lenguaje un tanto arcaico: ayuno, oración, limosna. Podíamos traducirlo a un lenguaje más significativo: austeridad, plegaria, solidaridad.
    En cada momento de la Cuaresma se resalta un aspecto singular. En este lunes queremos acentuar algo que realmente dignifica nuestra vida: la atención a los últimos. Son los más necesitados, los más olvidados, los que están al límite de la resistencia. No tienen con qué comer, no tienen qué beber, no tienen con qué vestirse. En cristiano, son los preferidos, los más amados de Jesús.
    Es necesario insistir en la importancia de vivir en cercanía de los últimos en una perspectiva de fe. De lo contrario se puede correr el riesgo de un entusiasmo pasajero, de una acentuación sentimental; en última instancia, de una ineficacia real.
    ¿Qué podría hacer yo por ellos en este tiempo? ¿Cómo debería cambiar mi sensibilidad para que ellos fueran un punto constante de referencia en mi vida?
    Reflexiona. Piensa.

    Vuestro amigo,

    Patricio García Barriuso cmf. (cmfcscolmenar@ctv.es)

    5. CLARETIANOS 2003
    Mateo 25, 31-46, es la conclusión de las tres parábolas precedentes. Con este episodio concluye el ministerio público de Jesús. La venida de Jesús será como un acto de discernimiento. Entonces aparecerá con claridad la distinción entre el trigo y la cizaña, los peces buenos y malos, entre el criado fiel y el malo y entre las jóvenes previsoras y descuidadas. Y entre los criados leales a su Señor y los que no lo fueron.
    Lo decisivo será la actitud de amor o de indiferencia que hayamos tenido con los hermanos más pequeños; hambrientos, sedientos, enfermos, encarcelados, inmigrantes,.....
    Y nos podemos preguntar, ¿quién es nuestro hermano o hermana? ¿A quién consideramos como tal? Mateo nos invita hoy a recrear la solidaridad, a estar vigilantes y preparados. Todo consiste en vivir el amor.
    Generalmente somos teóricos aletargados. Se nos da bien lo de hablar. Pero, la vida se decide en la acción.
    Muchas veces, y sobre todo en situaciones de crisis, nos preguntamos dónde está Dios. Hoy tenemos una vez más la respuesta; en los que sufren, en los pobres, en los enfermos, ......, aunque no lo queramos ver porque es incómodo, desagradable, huele mal, ..... Comprometerse con ellos, convivir, procurar calidad de vida, calor, ¿no es eso ser santo?
    Leíamos hace poco en el evangelio de Marcos (7, 1-13): “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mi”. No os da la sensación de que nuestro culto está muchas veces vacío?? Otro año más la cuaresma, la pascua, ....¿¿?? Cómo anda nuestro corazón de veracidad, de sinceridad, de autenticidad? Igual es conveniente que dejemos de practicar ritos sin más para pararnos a pensar qué estamos expresando y desde dónde.
    Hoy la Iglesia hace memoria de San Juan de Mata, fundador de los Trinitarios. Un hombre amante de la oración y de los pobres (¡qué buena síntesis!), que supo ayudar especialmente a los que sufrían en cárceles y prisiones (Mt 35,40)

    Mila (saneugenio@infonegocio.com)

    6. 2001
    COMENTARIO 1

    Esta grandiosa escena es complementaria de la «venida» descri­ta en 24,30s. Allí se había presentado la venida del Hombre en el aspecto de salvación para los suyos; aquí, Mt afronta el problema de la suerte de los paganos. «Todas las tribus de la tierra» (24,30) corresponden a «todas las naciones» (25,32). En ambos casos es «el Hombre» el que llega, con gloria, y acompañado de sus ángeles o mensajeros. Se trata de la época histórica después de la destruc­ción de Jerusalén, como se ha visto en 24,29. Por eso no es el jui­cio de los judíos, ya encomendado al Israel mesiánico en 19,28, sino únicamente de los paganos. La denominación «el rey» (34) corresponde a la época del reinado del Hombre (cf. 13,41), el rey de la historia, que se inaugura con la destrucción de Jerusalén (cf. 16,28) y dura hasta el fin de esta edad.

    La suerte de los paganos depende de cuál haya sido su actitud ante «el Hombre»; si han estado de su parte, tendrán vida eterna (34-36), que equivale a la posesión del reino. La mención del Padre (34: «Benditos de mi Padre») indica que heredan el reino del Padre, la etapa poshistórica del reinado de Dios.

    Ante la pregunta asombrada de los beneficiados (37-39), el Hom­bre-rey se identifica con «uno (cualquiera) de estos hermanos míos tan pequeños/mínimos» (40). Los hermanos de Jesús son los que cumplen el designio del Padre (12,50), es decir, sus seguidores; és­tos, que perpetúan la figura de Jesús en la historia, son los que deben representar los valores del Hombre, cuyo destino y vocación comparten.

    Se trata aquí, en primer lugar, de la gran reivindicación de los discípulos perseguidos por la sociedad (cf. 16,27); en segundo lu­gar, dado que los discípulos perpetúan en el mundo los valores del Hombre, y toda su labor es el servicio al hombre (cf. 5,7.9), el principio enunciado por Jesús significa más en general que el cri­terio para obtener el reino definitivo, que equivale a la vida eter­na, es la actitud de ayuda al hombre y de solidaridad con los que necesitan ayuda. Es el mismo que había expresado al joven rico con ocasión de su pregunta (19,16-19).

    Como aparece por el v. 42, en aquel tiempo no se pensaba que «el diablo» estuviese en el fuego eterno, sino que éste estaba pre­parado para él. «El diablo», la figura que bajo diversos nombres ha ido apareciendo en el evangelio («Diablo, Satanás, el Malo»), es siempre el símbolo del poder opresor.

    «Sus ángeles/mensajeros» son sus agentes. La supresión de todo poder opresor será la obra del Hombre en la historia (cf. 24,29-31). La frase final (46) puede estar inspirada en Dn 12,2, donde se des­cribe la suerte final con una oposición semejante. Sin embargo, en todo este episodio Mt omite la mención de la resurrección, como corresponde a un juicio sucesivo en la historia y no a la descrip­ción de una escena final. La vida eterna es vida definitiva; su con­trario es castigo definitivo. El adjetivo gr. aionios no denota en primer plano la duración, sino la calidad. El castigo definitivo es la muerte para siempre.


    COMENTARIO 2

    Este pasaje está narrado en forma de parábola. Los requisitos para acceder a la vida eterna pasan necesariamente por la participación en el proyecto de humanización que Dios nos propone. Y ese proyecto, ese camino de humanización consiste -como mostró Jesús en su palabra y en sus hechos- en la entrega de la propia vida en favor de los hermanos, especialmente -claro está- de los que más lo necesitan y de los que son víctimas de la injusticia. La parábola, en toda su solemnidad y pretensión de universalidad (el «juicio de las naciones») trata de expresar un principio también solemne y universal: el camino de la salvación pasa obligadamente por el hermano necesitado. O lo que es lo mismo: «el pobre es el único sacramento necesario y universal de salvación». No hay ningún otro sacramento ni universal ni necesario para la salvación.

    Lo que realmente plantea la parábola no es tanto la vida del «más allá», cuanto el camino que en el «más acá» debemos seguir para llevar a plenitud y salvar nuestra vida. Ese camino es precisamente el hermano, el hermano que tiene hambre, que tiene sed, que anda desnudo, o está preso, o enfermo... Esta letanía que la parábola ofrece, lógicamente, ha de ser alargada a la situación de cada momento histórico: ¿cuáles son hoy las formas modernas de pasar hambre, tener sed, estar desnudo...? ¿cuáles son hoy las enfermedades modernas y las prisiones nuevas que dejan al ser humano más postrado? Pues todas esas hay que entenderlas incluidas en la parábola de Mateo.

    Sólo entrando en comunión con el empobrecido, atendiéndolo cada vez que sea necesario y evitando toda injusticia, se tiene acceso a la «salvación», que empieza a construirse en esta vida. La vida cristiana requerirá entonces un serio compromiso que nos lleve a elaborar y a ejecutar proyectos que estén en concordancia con la comunión que pide Jesús para con el oprimido. La calidad humana de la gente que vaya a ejecutar tales programas será premiada de acuerdo al compromiso que establezcan con el hermano.
    1. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987 (Adaptado por Jesús Peláez)
    2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)

    7. 2002
    La majestuosa escena con que se cierra el discurso escatológico (Mt 24-25) presenta el juicio final que acontece mediante la venida del Hijo del Hombre. Podemos distinguir en la escena las partes siguientes: una breve introducción (vv. 31-33); el destino reservado a los que están a su derecha (vv. 34-40) y el juicio de los de su izquierda (vv. 41-45) y una conclusión en que se resume el destino de unos y otros (v. 46).

    La introducción dirige su atención al momento de la venida del “Hijo del hombre”, es decir de la venida definitiva del Señor para todo ser humano. Los individuos que componen “todos los pueblos” se encuentran frente al Cristo en un momento crucial para la suerte definitiva de cada uno de ellos.

    Es el momento del discernimiento, cada individuo se revela como perteneciente al grupo de las ovejas o al de la cabras según la posición que ha asumido en su vida frente al mensaje de Jesús. De allí surge la separación efectuada por el Pastor, único que conoce las acciones de cada uno en su verdadera profundidad.

    La simetría del juicio pronunciado es perfecta. En ambos casos se da la sorpresa ante la suerte asignada (vv 37-39 y 44). Y la sentencia que se pronuncia está fundamentada en ambos casos en la acogida dispensada al “pequeño” (vv. 40 y 45).

    Este pequeño, indudablemente, encierra en su significación a los “pequeños” de la comunidad del discurso eclesiástico (Mt 18), pero los límites del término no coinciden con el grupo de los discípulos ya que engloba a todo ser humano en situación de necesidad: hambre, sed, carencia de hogar, vestido, salud y libertad.

    A partir de la diferencia de sentimientos de cada uno frente a este ser desprotegido y desvalido, se bifurcan los caminos. Todo aquel que ha sabido responder al grito lanzado desde el lugar de la miseria humana, recibirá la invitación de participar en el Reino del Padre. Por el contrario, el haberse desentendido de esa miseria producirá el alejamiento definitivo hacia fuego eterno destinado al diablo y a sus ángeles.

    Esta diversidad de sentencia tiene su fundamento último en la identificación de Jesús con cada uno de los pequeños necesitados. Independientemente de la conciencia que se tenga de esa identificación, ella está operante en la vida y en la historia de los seres humanos. De ahí que el juicio de toda la humanidad se realiza ya en el presente, según la manera de nuestra relación con el pequeño.

    De esa forma, el motivo del Antiguo Testamento de que la salvación se realiza mediante una peregrinación de los pueblos a Jerusalén recibe un correctivo esencial. No se trata ya de la peregrinación de las masas necesitadas de este mundo hacia la realidad eclesial, sino del movimiento inverso: es la comunidad eclesial la que debe peregrinar en cada momento de su historia al encuentro de las masas necesitadas, dónde podrá encontrar a su Rey, presente en esos rostros cansados, únicos que pueden manifestar la presencia divina.

    La conclusión de las palabras de Jesús en el evangelio de Mateo, su última enseñanza, encierra así el núcleo fundamental del que depende nuestra relación con Dios y con Jesús.

    Sólo si somos capaces de reconocerlo en el desvalido, seremos capaces de compartir su vida y su proyecto.

    Este supremo llamado de Jesús a los suyos nos invita a revisar nuestros comportamientos frente a Jesús, que sigue presente en los necesitados y desprotegidos de las sociedades humanas.

    Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica)

    8. DOMINICOS 2003
    Dignos y santos de cuerpo y espíritu
    Los textos utilizados por la liturgia de hoy nos despiertan y elevan a la toma de conciencia de que somos ‘hombres, hermanos solidarios, hijos fieles, seres dotados de cuerpo y espíritu, llamados a ser santos’.
    Otros rasgos se pueden añadir, pero ninguno de ésos se puede eliminar, pues una visión integral del ser humano incluye y abraza su cuerpo, vida, sentidos, pensamiento, amores, esperanzas...
    La obra que Dios hizo en nosotros comenzó batiendo un bloque de ‘arcilla’, y esa arcilla sigue presente en nuestro ‘cuerpo’ palpable, maleable, educable, sediento, hambriento, satisfecho. Quien no empiece admirando esa vasija-cuerpo de alta escuela de cerámica o no la ponga en juego como atleta, médico, artista, trabajador, psicólogo o moralista, está perdiendo una oportunidad de ser feliz y de dar felicidad. ¡Cuántas imágenes nos hablan de conciencias humanas que parecen insensibles ante millones de cuerpos de niños hambrientos en el mundo! Sin embargo, en un cuerpo hambriento está sufriendo el espíritu.
    Tomemos conciencia de lo que somos, cuerpo y espíritu. Sería craso error tratar de entender todo cuanto acontece en el ser humano sólo desde la ‘química de laboratorio’, pero también lo sería entenderlo desde la pura ‘químicas del espíritu’.
    En la unidad del ser humano, hemos de tomar al cuerpo como hermosa obra de la creación en la que han de florecer sentimientos, emociones, cultura, fe, solidaridad.
    Quien no tenga esa conciencia de ser cuerpo con espíritu o espíritu encarnado mal podrá tenerla de la dignidad de los demás. Quien no tiene conciencia de las necesidades de su cuerpo y espíritu mal podrá luchar contra el hambre, la miseria, la incultura, la esclavitud de los demás. Sin cuerpo y espíritu, en unidad humana, no hay hombre ni cabe santidad.
    ORACIÓN:
    Señor, te doy gracias por lo que soy como obra de tus manos: cuerpo a cultivar, sensibilidad a educar, sentimientos a moderar, manos y voluntad para crear, pensamiento para descubrir la belleza y la verdad, compasión para estar al lado de los demás y esperar que ellos estén a mi lado. Haz que yo te responda con fidelidad desde esta realidad carnal y espiritual que soy. Amén.

    Resplandor de la palabra y la conciencia
    Libro del Levítico 19, 1-2. 11-18:
    “En aquellos días dijo el Señor a Moisés: habla a la asamblea de los hijos de Israel y diles: seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo. No mentiréis. No engañaréis a vuestro prójimo. No juraréis en falso por mi nombre... Yo soy el señor.
    Tú, pues, quien seas, no oprimirás ni explotarás a tu prójimo. No retendrás hasta el día siguiente el jornal del obrero. No maldecirás al sordo; y al ciego no le pondrás tropiezos... No odiarás de corazón a tu hermano”
    Tomar conciencia de que ésa es nuestra condición ante Dios y en el mundo es comenzar a colaborar en la salvación de la humanidad que cultiva con exceso el mal, el odio, la injusticia, la guerra...
    Evangelio según san Mateo 25, 31-46:“Jesús decía a sus discípulos:
    Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, al final de los días, se sentará en el trono de su gloria, para juzgar... Él separará a unos hombres de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Él dirá a los de su derecha: venid vosotros, benditos de mi Padre, y heredad el reino preparado para vosotros... Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis... Cada vez que hicisteis eso con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis... Y a los de su izquierda, les dirá: vosotros, apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno..., porque tuve hambre y no me disteis de comer...”
    He aquí una novedad de conciencia, una sabiduría no entendida en el mundo: la conciencia clara de que quien obra bien, con amor, justicia, caridad, a favor de los hombres, está realizando el proyecto de Dios, está obrando como hijo suyo.
    Momento de reflexión
    Conciencia de dos caminos para elegir el bueno
    La elocuencia de los textos es suficiente, como amonestación y como impulso de gracia, si queremos oir su voz. El Levítico y el Evangelio son concordes al decir que para los hombres, redimidos por Cristo, hay dos caminos abiertos a nuestro obrar consciente: el del bien, que es obrar con amor, paz, caridad, misericordia, justicia, solidaridad...; y el del mal, que es obrar con odio, insolidaridad, injusticia, egoísmo, opresión....
    Si decimos seguir a Cristo es que hemos elegido el camino de la vida, con conciencia responsable de hijos; y si seguimos nuestros caprichos, ambiciones y apetitos, es que hemos elegido y avanzamos por el camino de la muerte. Revisar con qué conciencia actuamos es propio de la cuaresma.
    Itinerario de la vía de salvación.
    Optar por la vía de salvación es vivir en conciencia de paz, solidaridad, misericordia, perdón y entrega a los demás. Esto implica que mi conciencia ha de actuar y tratar a los demás, en cuanto necesitados, como quien encuentra a Cristo como forastero en busca de trabajo y hogar, como pobre que quiere ganar el pan, como amigo que espera la solidez de otra mano para andar, como preso inocente, como parado con angustia de no poder servir con sus dones, como marginado y oprimido por deudas y falta de cultura o tierras...
    Dichosos nosotros si, al final de los días, el Señor nos agradece y premia lo que hicimos con amor y generosidad a los cuerpos y a los espíritus.

    9. ACI DIGITAL 2003
    32. Todas las naciones: "Como en las grandes asambleas apocalípticas que presentan los profetas (Joel. 4, 2 y 9; Zac. 14, 2)" Pirot. Cf. 3, 10 ss.

    34. Venid... tomad: Sto. Tomás hace notar que parece extraño decir esto a los justos salvados ya mucho antes. Es que el alma sola no es toda la persona. Cf. Luc. 21, 28 y nota: "Mas cuando estas cosas comiencen a ocurrir, erguíos y levantad la cabeza, porque vuestra redención se acerca". Esta recomendación del divino Salvador, añadida a sus insistentes exhortaciones a la vigilancia (cf. Marc. 13, 37), muestra que la prudencia cristiana no está en desentenderse de estos grandes misterios (I Tes. 5, 20), sino en prestar la debida atención a las señales que El bondadosamente nos anticipa, tanto más cuanto que el supremo acontecimiento puede sorprendernos en un instante, menos previsible que el momento de la muerte (v. 34). "Vuestra redención": así llama Jesús al ansiado día de la resurrección corporal, en que se consumará la plenitud de nuestro destino. Cf. Mat. 25, 34; Filip. 3, 20 s.; Apoc. 6, 10 s. San Pablo la llama la redención de nuestros cuerpos (Rom. 8, 23).

    35. Vemos así que el amor es un mandamiento obligatorio que encierra todos los demás mandamientos; es la "plenitud de la Ley", según la cual sentenciará el Juez (Rom. 13, 10; Gál. 5, 14 ss.).

    40. A mí lo hicisteis: es la doctrina divinamente admirable del Cuerpo Místico (cf. 10, 40; 18, 5; Hech. 9, 10). Así también lo hecho a El es hecho a nosotros. Cf. Rom. 6, 4; Gál. 2, 19 ss.; Ef. 2, 6; Filip. 3, 10 s.; Col. 3, 3 s.

    10.
    Fuente: Fundación GRATIS DATE
    Autor: P. Manuel Garrido Bonaño, O.S.B.
    Entrada: «Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia. Misericordia, Señor, misericordia» (Sal 122,2-3).
    Colecta (del misal anterior, y antes del Gregoriano y Gelasiano): «Conviértenos a Ti, Dios salvador nuestro; ilumínanos con la luz de tu palabra, para que la celebración de esta Cuaresma produzca en nosotros sus mejores frutos».
    Comunión: «Os aseguro, dice el Señor, que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,40.34).
    Postcomunión: «Concédenos experimentar, Señor Dios nuestro, al recibir tu Eucaristía, alivio para el alma y para el cuerpo; y así, restaurada en Cristo la integridad de la persona, podremos gloriarnos de la plenitud de tu salvación».
    Levítico 19,1-2.11-18: Juzgarás con justicia a tu prójimo. Dios dio al pueblo elegido un código de santidad y de justicia: «Seréis santos porque yo, vuestro Dios, soy santo». Muchas prescripciones del Antiguo Testamento siguen siendo válidas para nosotros, como las de esta lectura; hemos de cumplirlas con mayor razón que los antiguos, porque tenemos la perfección y la ayuda sobrenatural contenida en el Nuevo Testamento.
    El concepto de santidad es del todo transcendente, único, distante. No podemos llegar jamás a la santidad de Dios. Él es absolutamente Otro, Separado, Único. Pero hemos de acercarnos lo más posible para tratar con Él. Cristo vino a enseñarnos el camino más seguro para ello, que es el amor. Este amor no es cosa nuestra, sino que ha sido infundido por Dios mismo en nuestra alma: «El amor de Dios ha sido derramado en vuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5).
    Este amor se manifiesta en nuestras relaciones con los demás hombres, como se indica en esta misma lectura y es un signo de la santidad, como aparece en Dios mismo, según el profeta Oseas: «No ejecutaré el ardor de mi cólera, porque yo soy Dios y no hombre; en medio de ti, Yo el Santo» (11,9). La tendencia a la santidad ha de ser nuestra tarea principal. Dice Casiano:
    «Este debe ser nuestro principal objetivo y el designio constante de nuestro corazón; que nuestra alma esté continuamente unida a Dios y a las cosas divinas. Todo lo que se aparte de esto, por grande que pueda parecernos, ha de tener en nosotros un lugar secundario, por el último de todos. Incluso hemos de considerarlo como un daño positivo» (Colaciones 1).
    Y San Agustín:
    «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (Confesiones 1,1).
    –El Señor quiere que no sólo estemos atentos a su ley, sino que la contemplemos y hagamos de ella nuestro alimento cotidiano, nuestra delicia. Por ese camino alcanzaremos la santidad.
    Para esto nos resulta utilísimo meditar con el Salmo 18: «Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos. Que te agraden las palabras de mi boca, y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón, Señor, Roca mía, Redentor mío».
    Mateo 25,31-46: Lo que hiciste a uno de estos mis hermanos, conmigo lo hiciste. El gran signo de la verdadera santidad es el amor a Dios y al prójimo. Es tan trascendental ver al Señor en el prójimo, que nuestro encuentro definitivo con Él versará sobre la manera en que lo hemos vivido a través del prójimo. Es lo que dice San Juan de la Cruz: «en el atardecer de nuestra vida seremos examinados sobre el amor». En nuestro caminar hacia Dios en este mundo, el incumplimiento de este precepto nos hace caminar en tinieblas y nos imposibilita la participación en la celebración del Sacramento del Amor. Comenta San Agustín:
    «Recordad, hermanos, lo que ha de decir a los que están a la derecha. No les dirá: “hiciste esta o aquella obra grande”, sino: “tuve hambre y me disteis de comer”; a los que están a la izquierda no les dirá: “hicisteis ésta o aquélla obra mala”, sino: “tuve hambre y no me disteis de comer.” Los primeros, por su limosna irán a la vida eterna; los segundos por su esterilidad, al fuego eterno, Elegid ahora el estar a la derecha o a la izquierda» (Sermón 204,10).
    En otro lugar dice:
    «Nadie tema dar a los pobres; no piense nadie que quien recibe es aquél cuya mano ve. Quien recibe es el que te mandó dar. Y no decimos esto porque así nos parece por conjetura humana; escúchale a Él que te aconseja y te da seguridad en la Escritura. Tuve hambre y me diste de comer... (Sermón 86,3).

    11.
    Comentario: Rev. D. Joaquim Monrós i Guitart (Tarragona, España)

    «Cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo»

    Hoy se nos recuerda el juicio final, haciéndonos presente que dar de comer, beber, vestir... resultan obras de amor para un cristiano, cuando al hacerlas se sabe ver en ellas al mismo Cristo.

    Dice san Juan de la Cruz: «A la tarde te examinarán en el amor. Aprende a amar a Dios como Dios quiere ser amado y deja tu propia condición». No hacer una cosa que hay que hacer, en servicio de los otros hijos de Dios y hermanos nuestros, supone dejar a Cristo sin estos detalles de amor debido: pecados de omisión.

    El Concilio Vaticano II, en la Gaudium et spes, al explicar las exigencias de la caridad cristiana, que da sentido a la llamada asistencia social, dice: «En nuestra época, especialmente urge la obligación de hacernos prójimo de cualquier hombre que sea y de servirlos con afecto, ya se trate de un anciano abandonado por todos, o de un niño nacido de ilegítima unión que se ve expuesto a pagar sin razón el pecado que él no ha cometido, o del hambriento que apela a nuestra conciencia trayéndonos a la memoria las palabras del Señor: ‘Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis’ (Mt 25,40)».

    Recordemos que Cristo vive en los cristianos... y nos dice: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

    El Concilio Lateranense IV define el juicio final como verdad de fe: «Jesucristo ha de venir al fin del mundo, para juzgar a vivos y muertos, y para dar a cada uno según sus obras, tanto a los reprobados como a los elegidos (...) para recibir según sus obras, buenas o malas: aquellos con el diablo castigo eterno, y éstos con Cristo gloria eterna».

    Pidamos a María que nos ayude en las acciones servicio a su Hijo en los hermanos.

    12. DOMINICOS 2004
    "Seréis santos porque yo , el Señor vuestro Dios, soy santo"


    La luz de la Palabra de Dios
    1ª Lectura: Levítico 19,1-2 . 11-18
    1 El Señor habló a Moisés: 2 «Di a toda la comunidad de los israelitas: Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo.

    11 No robaréis, no mentiréis ni os engañaréis unos a otros. 12 No juréis en falso por mi nombre, pues sería profanar el nombre de Dios: yo, el Señor. 13 No oprimas ni explotes a tu prójimo; no retengas el salario del jornalero hasta la mañana siguiente. 14 No insultarás al sordo ni pondrás tropiezos delante del ciego. Temerás a tu Dios: yo, el Señor. 15 No haréis injusticias en los juicios; ni beneficiarás al débil ni favorecerás al poderoso: juzgarás con justicia a tu prójimo. 16 No andarás difamando a los tuyos ni pondrás en peligro la vida del prójimo con falsas acusaciones: yo, el Señor. 17 No guardarás odio a tu hermano, antes bien lo corregirás
    para no hacerte cómplice de su pecado. 18 No serás vengativo ni guardarás rencor hacia tus conciudadanos. Amarás a tu prójimo como a ti mismo: yo, el Señor.


    Evangelio: Mateo 25,31-46
    31 «Cuando venga el hijo del hombre en su gloria con todos sus ángeles se sentará sobre el trono de su gloria. 32 Todos los pueblos serán llevados a su presencia; y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras. 33 Pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. 34 Entonces el rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde el principio del mundo. 35 Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui emigrante y me acogisteis, 36 estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, preso y fuisteis a estar conmigo. 37 Entonces los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber? 38 ¿Y cuándo te vimos emigrante y te acogimos, o desnudo y te vestimos? 39 ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? 40 Y el rey les dirá: Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis. 41 Luego dirá a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. 42 Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, 43 fui emigrante y no me acogisteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. 44 Entonces responderán también ellos diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o emigrante o enfermo o en prisión y no te asistimos? 45 Y él les contestará: Os aseguro que cuando no lo hicisteis con uno de esos pequeñuelos, tampoco conmigo lo hicisteis. 46 Y éstos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna».


    Reflexión para este día.
    "Seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo"


    A lo largo de esta primera semana de Cuaresma destacan cuatro valores cristianos: La penitencia, la conversión, la oración y el amor, traducido en obras. Si los activamos en nuestra vida, conseguiremos participar en la salvación y en la santidad de Dios. Siempre es tiempo de aspirar a configurarnos con Jesucristo, fuente de toda verdadera santidad. Pero en tiempo de Cuaresma, la llamada de Dios a la santidad es especialmente insistente. Esta invitación divina no debe asustarnos, pensando que ser santos es un privilegio para unos cuantos. Dios invita a todos.

    Pero Dios no nos invita a una santidad abstracta, ambigua. Nos pide una santidad concreta, viva. Por eso nos presenta el programa, el camino adecuado: “No mentiréis. No engañaréis a vuestro prójimo. No juraréis en falso por mi Nombre: sería profanar el nombre de Dios”. Ahí tenemos un criterio de conducta, que se hunde sus raíces en el Dios Santo y conduce inexorablemente a la santidad.

    Jesús reafirma este programa, este criterio de vida. Nos lo propone a todos, en la respuesta que da a quienes le preguntaron:

    “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber; cuándo te vimos forastero y te hospedamos o desnudo y te vestimos; cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te fuimos a ver?. Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.

    La santidad a la que nos invita Jesucristo es fruto del amor a Dios, que se traduce y manifiesta en el amor sincero al prójimo. Es en esta respuesta de amor, en donde hacemos verdad y santidad lo que hemos respondido en el salmo responsorial:

    “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”. Es decir: Santidad.

    13. CLARETIANOS 2004
    Queridos amigos y amigas:

    En ciertos momentos de la vida nos cansa casi todo: el ruido, los cambios, las visitas, los viajes. Aspiramos a disfrutar de pocas cosas esenciales. La sabiduría consiste en esto. ¡Lástima que las “cosas esenciales” que nos presenta el libro del Levítico se entiendan a menudo como la retahíla de preceptos que Dios nos “impone” para aguarnos la fiesta! Decir la verdad, no engañar, pagar el salario justo al obrero, no guardar rencor ... son caminos de vida. La ley del Señor –como canta el salmo 118– es siempre portadora de vida.

    Jesús lo dice de una manera más esencial y llamativa: quien da de comer al que tiene hambre (o de beber al que tiene sed) ha hecho todo lo que tiene que hacer. Amar es cumplir la ley entera. Las demasiadas explicaciones nos alejan sutilmente de este centro de felicidad. ¿Cuántas idas y venidas se necesitan para empezar a percibirlo?

    Vuestro hermano en la fe:

    Gonzalo (gonzalo@claret.org)

    14. 2004. Servicio Bíblico Latinoamericano

    Análisis
    La “parábola” del Juicio final es muy conocida, se presenta como una suerte de test de fidelidad [la llamamos parábola aunque propiamente no lo sea: las parábolas no son de futuro; es más propiamente una pintura final del mundo]. Algunos estudiosos han propuesto que, puesto que los convocados son las naciones, este es el test al que serán sometidos los paganos. Puesto que Jesús se identifica con lo que han hecho con uno de sus “hermanos más pequeños”, y con mucha frecuencia en Mateo, hermanos y pequeños se refiere a los cristianos, entonces el texto diría que los paganos serán evaluados según como haya sido su actitud con respecto a la comunidad cristiana. Los cristianos, en cambio, serán juzgados según su esperanza: según si están en vela, y si hacen fructificar los dones de Dios (25,1-13.14-30). Sin embargo, habría algunos elementos que ponen en cuestión esta lectura. En primer lugar, el término “naciones” (ethnê) no es siempre sinónimo de paganos en Mateo. A veces se los presenta como los adversarios de los cristianos, otras como paganos, pero hay tres textos particularmente importantes que nos ayudan a comprender este texto, ciertamente escatológico: en 28,19 las naciones son el campo donde los cristianos deben anunciar el evangelio, son los que deben ser hechos discípulos, es decir, es sinónimo de todo el mundo; en 24,14 se aclara que se proclamará la “buena Noticia del Reino al mundo entero, para dar testimonio a todas las naciones”, con lo que pone en paralelo ethnê a oikoumenê. Finalmente, en 21,43 se dice que “se les quitará el reino de Dios para darlo a un pueblo (ethnê) que rinda sus frutos”. Mateo aclara que con los primeros se refería a sumos sacerdotes y fariseos. El nuevo ethnê será la Iglesia, nuevo Israel. En suma, ethnê no se refiere exclusivamente a los no-cristianos, sino también a los discípulos de Jesús.

    Pero queda todavía algo por señalar más importante, ya que tampoco es evidente que pequeños se refiera a los discípulos. Hay varios términos que designan la pequeñez: el niño es el paidós, del niño se dice que es pequeño (tapeinoô), y que no deben ser escandalizados los “pequeños” (mikros), de quienes se agrega: “que creen en mí” (18,2-6).

    En el relato de la infancia, se alude al niño Jesús como paidós, es decir, sencillamente un bebé. En 11,16 se alude a los chicos que juegan en la plaza, lo mismo en 14,21 y 15,38 (“mujeres y niños”). También un niño es puesto en medio del grupo que pregunta quién es el mayor en el reino (18,2-5). En 19,13.14 le presentan niños para que los toque. En suma, paidós refiere siempre a los niños de corta edad.

    El verbo tapeinoô, que se ha traducido por “hacerse pequeño”, lo encontramos tres veces, las otras dos en 23,12: “el que se levante será abajado y el que se abaje será levantado”, con lo que adquiere características religiosas, se refiere a la humildad. El sustantivo (tapeinós) lo encontramos en 11,29: “soy manso y humilde de corazón”.

    El sustantivo mikrós, lo encontramos en 10,42 donde se refiere claramente a un discípulo (“pequeño por ser mi discípulo”), “el más pequeño en el Reino” es mayor que Juan (11,11) también refiere a los discípulos; en 13,32 se refiere al reino la pequeñez de la semilla de mostaza; en 18,6.10.14 se aclara que refiere a los discípulos (y la unidad forma inclusión), finalmente en 26,39 y 73 se utiliza como adverbio. Como es claro, aunque no uniforme, mikrós sí es sustantivo que se utiliza para identificar a los cristianos.

    Pero el texto de Mt 25 utiliza otro sustantivo: elájistos. Este término lo encontramos referido a Belén, “no eres la menor” (2,6), y en 5,19 se refiere al mandamiento más pequeño. La idea es la de la insignificancia. Jesús se identifica con los insignificantes, “los menos que los últimos” (Liddell-Scott). Como se ve, no parece, en este caso referirse a los cristianos, sino que todos -también los cristianos- serán juzgados según haya sido, en su vida, su actitud con los últimos de la tierra, los insignificantes.

    Estos últimos han sido presentados como hambrientos, sedientos, desnudos, enfermos, encarcelados... pero ciertamente esa lista podría ampliarse a una larga lista de víctimas.

    Una característica del Evangelio de Mateo, es que quiere mostrar que Jesús “no se ha ido” luego de la resurrección, quiere mostrar diferentes modos de su nueva presencia. La presencia en su comunidad también será interesante: “el que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, les aseguro que no perderá su recompensa” (10,42). Se trata de la recompensa de profetas, justos o discípulos porque “el que a ustedes recibe a mí me recibe” (10,40). La idea es semejante, pero aquí sí se sabe a quién se está ayudando, cosa que no ocurre en Mt 25; además, en la parábola del juicio final la ayuda aparece ampliada a los insignificantes.

    Especialmente para nuestro tiempo, no podemos dejar de tener en cuenta que la omisión es planteada como gravísima en nuestro relato; es por omisión que un grupo es rechazado, por omitir todo gesto de solidaridad con el prójimo.

    En la crisis católico romana-protestante ocupó un papel importante el término “porque” (“porque tuve hambre...”). ¿En qué sentido debíamos entenderlo? ¿Es en la solidaridad con el necesitado que alcanzamos la salvación (Roberto Belarmino) o la solidaridad es signo de que la hemos alcanzado (Calvino)? El tema hoy parece superado: el árbol bueno da frutos buenos. La fe es la que nos alcanza el encuentro definitivo con Dios, pero ese árbol se manifiesta en sus frutos, como en este caso la solidaridad. No es que “dar de comer al hambriento (etc...) nos alcancen méritos que nos hagan justos ante Dios”, sino que justos ante Dios damos frutos de solidaridad que son signos de nuestra fe. Esos signos revelan nuestra fidelidad y son -por ello- test de que para los seguidores de Jesús descubrirlo en los insignificantes de la tierra es un test de nuestra fraternidad y por ello podremos, por su gracia, ir a su lado como “benditos”, como “justos”.

    Comentario
    La palabra que usa el Evangelio para decir "pequeños", es la misma que volvemos a encontrar en el sentido de "insignificante" en otras partes (2, 6), no la que se usa para referir a los cristianos (ver 18, 4.6). Esto, remarca fuertemente el contraste: un rey que se identifica con los miserables. Como contrasta esto, también con la imagen del "hijo del hombre” que tenían muchos sectores de los judíos: esperaban un ser celestial que llevara al triunfo del pueblo de Dios, cosa que ocurriría al final de los tiempos, ciertamente.

    Nuevamente, la Iglesia nos invita a mirar hacia el final, pero no para olvidar el presente porque si hay un texto en la Biblia que tiene bien claro el presente es éste. Mirar el futuro, pero con los pies en la tierra, y con el corazón en los hermanos.

    El texto de Mateo, que quiere destacar a lo largo de su Evangelio que Jesús no se ha alejado de nosotros, quiere remarcarnos claramente que debemos aprender a descubrirlo en los hermanos que sufren: los hambrientos, los sedientos, etcétera. Una larga serie bastante conocida por los judíos, pero fuertemente marcada aquí por el Señor, y remarcada ya que los pobres serán el signo de fidelidad, serán quienes nos juzgarán ante el Reino. El compromiso con los pobres es el test de nuestra fidelidad al Reino. El pobre es un sacramento de Jesucristo.

    El Reino mismo se auto-juzga: la paz juzgará a la guerra, la justicia a la injusticia, la verdad a la mentira, la vida a la muerte... ese juicio será inapelable. Los pobres, los predilectos del Reino serán quienes nos juzguen. Y deberíamos aplicar esto a todas las dimensiones de la vida. Nuestra actitud frente a los pobres, es nuestra misma actitud frente a Dios, y por eso seremos juzgados.

    15.
    San Hipólito de Roma (hacia 235) presbítero y mártir
    Tratado sobre el fin del mundo 41-43; GCS I, 2, 305-307

    “Venid, benditos de mi Padre”

    Venid, vosotros que habéis amado a los pobres y a los extranjeros. Venid, vosotros que habéis permanecido fieles a mi amor, porque yo soy el amor. Venid, vosotros los pacíficos porque yo soy la paz. “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.” (Mt 25,34)

    No habéis rendido homenaje a la riqueza sino que habéis dado limosna a los pobres. Habéis sostenido a los huérfanos, ayudado a las viudas, habéis dado de beber a los que tenían sed y de comer a los que tenían hambre. Habéis acogido a los extranjeros, vestido al que estaba desnudo, habéis visitado al enfermo, consolado a los presos, acompañado a los ciegos. Habéis guardado intacto el sello de la fe y os habéis reunido con la comunidad en las iglesias. Habéis escuchado mis Escrituras deseando mi Palabra. Habéis observado mi ley día y noche (Sal 1,2) y habéis participado en mis sufrimientos como soldados valientes para encontrar gracia ante mí, vuestro rey del cielo. “Venid, tomad en pose sión el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.” He aquí que mi reino está preparado y mi cielo está abierto. He aquí que mi inmortalidad se manifiesta en toda su belleza.

    16.
    Reflexión

    Definitivamente que una de los aspectos a revisar durante esta cuaresma, es la vivencia del evangelio sobre todo en lo que se respecta a la Caridad. El Año Santo, de manera especial, ha privilegiado el hecho de que nuestra vida cristiana debe ser algo que se proyecta en la vida de los hermanos, sobre todo de los más necesitados, de manera que como Cristo hagamos una “opción preferencial por los pobres y los marginados”. El Evangelio de hoy es efectivamente una invitación para que cada uno, en conciencia, revisemos este aspecto de nuestra vida, recordando que este aspecto de la vida cristiana, de acuerdo a las palabras que acabamos de leer, será determinante con respecto a nuestra salvación eterna. Has pues un sincero análisis de cómo estás viviendo tu caridad no solo con los de tu casa, sino con los pobres y desamparados; si tu caridad no consiste únicamente en sacar unas cuantas monedas en un semáforo para de esta manera tranquilizar tu conciencia. La caridad, como nos lo hace ver Jesús, va mucho más allá de esto. Aprovecha esta cuaresma para, si es el caso, hacer modificaciones importantes en este aspecto.

    Que el Señor sea luz y lámpara para tu camino.

    Como María, todo por Jesús y para Jesús

    Pbro. Ernesto María Caro

    17. El juicio final

    Autor: Misal Meditación

    Reflexión

    Por la Palabra del Señor sabemos que todos seremos juzgados ante nuestro Rey, ricos y pobres, sanos y enfermos, practicantes y no practicantes y que al final de la tarde se nos examinará en el amor. Este es el único criterio valido que nos ofrece Cristo, Rey Universal. ¿Cuánto hemos amado? ¿cuántas ofensas hemos perdonado y cicatrizado? ¿cuántas veces nos hemos puesto en la piel de nuestros hermanos, en sus preocupaciones, en su hambre humana y espiritual, y qué hemos hecho al respecto? Y más importante todavía, ¿con qué actitud hemos acudido? ¿Ayudamos a los demás con las sobras y migajas de nuestro tiempo, o más bien les ofrecemos nuestras horas más preciosas?

    Cristo, el Juez Universal de todas las generaciones nos hace hoy profundizar en la oración, contemplando a futuro el día en que seremos testigos presenciales del "gran juicio". Él es un Rey misericordioso, que no investiga con lupa los errores de sus vasallos, sino que exige por amor el cumplimiento de su ley divina. El Señor no nos pide una vida fácil, sin embargo nos da todos los medios para seguirle. Su gracia, los sacramentos, la oración que nos hace descubrir a Dios en nuestro hermano, en aquel que nos hace la vida imposible, en el pobre. Sólo queda que nosotros respondamos: "Señor porque te amo, y eres mi Rey, yo también amo a todos los súbditos de tu reino".

    18.
    LECTURAS: LEV 19, 1-2. 11-18; SAL 18; MT 25, 31-46

    Lev. 19, 1-2. 11-18. ¿Eres hijo de Dios? No lo contestes con tus labios sino con tus obras. Que ellas manifiesten que realmente eres del linaje y de la familia de Dios. El Señor es misericordioso para con todas sus criaturas, lento a la ira y generoso para perdonar. Quien es hijo de Dios debe actuar como Él lo ha hecho para con nosotros. Quien lleve un comportamiento contrario al amor y a la misericordia de Dios, denigra su Santo Nombre entre las naciones. Por eso el amor al prójimo como a uno mismo no es un mandato, sino parte de la naturaleza de quien ha recibido la participación de la Vida Divina y del Espíritu Santo. El Apóstol san Pablo lo recuerda: "El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: no adulterarás, no matarán, no robará, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud. (Rom. 13, 8 ss.)

    Sal. 18. La Ley del Señor es perfecta, pues no ha sido promulgada por personas humanas, sino por el mismo Dios para mostrarnos el camino que nos conduzca a Él. Efectivamente, los preceptos del Decálogo establecen los fundamentos de la vocación del hombre, formado a imagen de Dios. Prohiben lo que es contrario al amor de Dios y del prójimo y prescriben lo que le es esencial. Esa Ley ha cumplido su misión llevándonos hasta Cristo, plenitud de la Ley, pues Él se ha convertido en el único Camino que nos conduce al Padre. Así, mediante la Sangre de Cristo se sella, entre Dios y la humanidad, la nueva y definitiva alianza: Dios es nuestro Padre y nosotros somos sus hijos en Cristo Jesús. La Ley constituye, pues, la primera etapa en el camino del Reino. Dios así, nos invita a la conversión y a la fe en Él mediante un camino de amor fiel, cargando nuestra propia cruz, tras las huellas de Cristo, pasando por la muerte para llegar a la Gloria, que Dios ha reservado para los que le vivan fieles. Por eso vivamos en todo fieles a la voluntad de Dios; busquemos al Señor y hagamos de Él nuestro refugio y salvación, hasta que Él sea todo en nosotros.